
En los últimos tiempos, pocos conceptos parecen repetirse con tanta frecuencia como el de diversidad. Los medios de difusión masiva, los debates a los que nos hemos visto abocados los artistas cubanos y el pueblo en general a partir de los últimos acontecimientos de la Nación, hacen ir y venir esa palabra en distintas aplicaciones de su sentido original, apelando a ella para expresar una demanda que ayude a entendernos como un país donde la unidad de criterios comunes para explicar la vida, no depende de un único puñado de sentidos. No de una reducción mecánica ni de la aplicación arbitraria de lo que quiere decir, verdaderamente, esa diversidad. Desde la cultura, diversidad significa amplitud de miras, encuentro y confrontación de criterios que también son formas de amar y discutir nuestro patrimonio: una historia sensitiva y palpable de lo que somos y acumulamos, al tiempo que una manera de conectarnos con un mundo que se expande y crece, que lucha consigo mismo entre modelos adocenados y el reconocimiento impostergable de otras formas de ser y actuar. La periferia, las minorías, los grupos de ideas y acciones más diversas, entretejen otro mapa sobre el mapa geográfico del Planeta, y estar a espaldas de ello sería un error demasiado elemental. En Cuba, esa diversidad que tanto se manipula en foros y espacios de distinto carácter, es ya un concepto que manejamos de modos muy amplios. Campañas, promociones, eventos, diálogos cotidianos y excepcionales se aferran a ella, no pocas veces apegados a esa fiebre de muti-eventismos que nos consume sin que podamos extraer de esos foros resultados concretos que mejoren nuestro real vivir. Pero en cierta medida, las respuestas a esa necesidad de multiplicar los rostros y los pensamientos, ha funcionado como resorte para activar solicitudes y exigencias de un país que también ha crecido desde la asimilación progresiva de lo que en su propio seno quiere reconocerse tan diferente como participativo de este proceso tan singular, que es nuestra más reciente historia.

Hace unos meses atrás, en saludo al tradicional Día de los Enamorados, un programa de nuestra televisión dedicó su emisión a esa fecha. No les pediré que imaginen que se incluyeron referencias a un amor que no fuera el heterosexual, porque ya sabemos cuán arduo es todavía el logro de ciertas cosas retardadas por criterios cada vez menos sólidos, pero sí que preguntemos por qué no había representantes de razas, culturas, expresiones, que no fueran únicamente la occidental; en ese programa. No menciono este ejemplo para infligir dolor, sino para ayudar a evitarlo. Imagino una Unión de Escritores y Artistas de Cuba que pueda hacer viable la representación veraz del abanico de expresiones que somos hoy como pueblo en ocasiones como esas, y muchas más. Una diversidad de pensamiento, de acción, de cultura que no incluya solo lo capitalino sino el fervor de lo creado en localidades no siempre visitadas, amén de todo aquello que, como legado de fe y de obra, podemos aportar. Una Unión de Escritores y Artistas tan diversa como firme en la capacidad de responder a los múltiples rostros que la integran y la solidifican, en un abrazo tan nítido como portador de provechosas polémicas, y que pueda a partir de esto configurar una vida orgánica que sirva de lanzamiento a todo lo que de arduo hay aún en estos asuntos, y que generalmente aún no se nos escapa. Una UNEAC donde la diafanidad de esas verdades se entienda desde una plataforma de coexistencia y respeto, y en la cual sus asociaciones y sus generaciones estén enlazadas en el anhelo mayor de escucharnos sin desdén los unos a los otros, de vernos en los rostros de los otros. Quizás sea para eso que queremos una institución como esta, y que nos preguntamos si es aún necesaria, confiando en que sí. Una UNEAC, en fin, verdaderamente disímil, que pueda responder con criterios concretos a esa noción del ser humano hoy, que ya no puede explicarse solamente en blanco y negro.
Tomado de Cubaliteraria.com
Más información sobre el Congreso de la UNEAC en La Jiribilla
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