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24 de enero de 2015

CONVOCATORIA Video debate "Paragraph 175"

Para conmemorar el Día de las Víctimas del Holocausto Nazi    (27 de enero), Proyecto Arcoiris invita a ver y debatir el documental Párrafo 175, de Rob Epstein y Jeffrey Friedman.

Galería "Cristo Salvador", Calle 19 % 14 y 19, Vedado, La Habana. Martes 27 de enero de 2015, 5 pm. Entrada libre.

Párrafo 175 (Paragraph 175) es un documental del 2000 de Rob Epstein y Jeffrey Friedman, con narración de Rupert Everett. La película cuenta las historias de varios hombres y mujeres que fueron perseguidos por los nazis gracias al artículo 175, que castigaba la sodomía en el código penal alemán desde 1871.[more]

Entre 1933 y 1945 fueron condenadas unas 100.000 personas en base al artículo 175, de los que la mayoría fueron condenados a prisión o cadena perpetua. Entre 10.000 y 15.000 fueron internados en campos de concentración, de los que sobrevivían unos 4.000 al final de la Guerra. De esas personas, en el año 2000 sólo se pudieron encontrar diez con vida. En el documental, cinco de esos antiguos perseguidos, todos de más de 90 años, cuentan por primera vez su historia.

Párrafo 175 ilumina la persecución de los y las homosexuales en el Tercer Reich, poco documentada hasta el momento, y las consecuencias posteriores para las víctimas basándose en las historias personales de cinco víctimas:

  • el medio judío y luchador de la resistencia, que ayudó a refugiados en Berlín durante la Guerra;
  • la lesbiana judía, que pudo huir a Inglaterra con ayuda de su amante;
  • Albrecht Becker, diseñador de producción alemán;
  • Pierre Seel, un adolescente de Alsacia.

Párrafo 175 recibió el premio Teddy al mejor documental LGBT y premio FIPRESCI en la sección «Panorama», dentro de la Berlinale de 2000. Obtuvo el premio a la "Mejor Dirección" en el Sundance Film Festival de 2000.

Ficha técnica
Dirección: Rob Epstein y Jeffrey Friedman
Protagonistas: Rupert Everett (narrador), Klaus Müller, Karl Gorath y Pierre Seel
Dirección artística: Sterling Franck
Producción: Janet Cole, Michael Ehrenzweig, Rob Epstein y Jeffrey Friedman
Guion: Sharon Wood
Música: Tibor Szemzö
Fotografía: Bernd Meiners
Montaje: Dawn Logsdon

Procuran castigo para cómplices de torturas en Cuba

Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

 

Agencias mundialmente reconocidas, como Amnistía Internacional y Scotland Yard, procuran una investigación contra presuntos cómplices de torturas perpetradas en Cuba.

 

Esta dramática información la encontré en el diario británico The Independent, el pasado día 14 de enero. Resulta que el grupo británico de derechos humanos, Reprieve, entregó, a la conocida agencia policial inglesa, una reclamación para que se investigue a una compañía de esa nacionalidad, por su relación con gravísimas violaciones de derechos humanos.

 

La compañía acusada se denomina G4S. El gobierno británico, abunda el diario, ya indaga desde hace algún tiempo para determinar si G4S ha violado los principios establecidos en acuerdos de relaciones internacionales. Según los cargos, ha ofrecido servicios de tipo administrativo en una tenebrosa prisión, célebre por sus abusos y por retener seres humanos sin acusaciones ni procesos judiciales. Este centro es el de la base naval estadounidense en la bahía de Guantánamo.

 

Se recordará que el imperio estadounidense forzó a los líderes cubanos, al comienzo del siglo XX, a aceptar condiciones deshonrosas como requisito para permitirles proclamar la República. La cesión de territorio para bases navales fue una de estas condiciones, y en la oriental provincia de Guantánamo quedó establecida una de ellas. Después de 1959, el gobierno de Fidel Castro denunció los tratados al efecto, pero no se ha podido revertir la situación.

 

Cuando el entonces presidente, George W. Bush, lanzó su "Guerra global contra el terrorismo", se vio con el problema de haber tomado muchos prisioneros. La mayoría de ellos fueron capturados en Afganistán, y no tuvieron garantizados los derechos que se les reconoce a los prisioneros de guerra. En todo caso, mantenerlos en Afganistán era complicado, por el tema de los atentados, la logística, etcétera. Un centro carcelario en Guantánamo ofrecía algunas ventajas para el Pentágono.

 

Años antes, la densamente minada zona fronteriza, había sido escenario de momentos de tensión. Par de guardafronteras cubanos perdieron sus vidas por allá. La ola de migrantes de 1994 tomó también ese peligrosísimo rumbo. Pero a principios del siglo XXI, ya las peores tensiones del US Army y la US Navy con la contraparte cubana ya habían quedado atrás. Las fuerzas militares sostenían incluso ciertos niveles de cooperación en temas migratorios y alguno que otro más, muy discretamente. Así que para allá zumbaron a unos cuantos centenares de afganos e, incluso, un puñado que tenían otras nacionalidades o residencias inglesas y de otros países. Algunos de estos eran simples infelices que ni siquiera pertenecían a los talibanes pero se encontraban "en el momento y el lugar equivocados".

 

Lo que le siguió puede considerarse como historia conocida, pero solamente para aquellos que se interesen en esos temas. La prisión de Guantánamo presenció muy pronto abusos calificados como afrentas horrendas a los principios de la democracia, por parte de varias instituciones internacionales de peso, como Amnistía Internacional (AI). Justamente, AI también se unió a la reclamación de una investigación sobre el papel de G4S y su complicidad en estos hechos.

 

Actualmente quedan, según The Independent, 127 internos en Guantánamo sin haber sido sometidos a juicio, sin siquiera acusaciones concretas en su contra. En los meses pasados se han revelado más historias relativas a abusos contra ellos, como el uso de técnicas de alimentación forzada.

 

El gobierno del actual presidente estadounidense, Barack Obama, se ha comprometido a cerrar el oprobioso centro. Sin embargo, la concreción de este objetivo se le ha puesto muy cuesta arriba, y enfrenta gran oposición entre las élites de su país. Evidentemente, muchos políticos consideran plausible mantener a los reclusos en esas desgraciadas condiciones y esperan no ser nunca juzgados por su responsabilidad. Tal vez en Gran Bretaña se logre penalizar, al menos, a una pequeña parte de los cómplices que han tenido por todo el mundo.

15 de enero de 2015

De los Lineamientos a la Conceptualización: el cuento Termidoriano del Caribe

Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Hace poco más de diez años, la mayor parte de este país estaba convencida de vivir en un país socialista. Esta creencia se sustentaba en unos pocos pilares. Primero, que los medios de producción eran propiedad del Estado, de manera prácticamente total. Segundo, que cuanto poder pudiera concebirse, estaba en manos de la misma fuerza política, representada por el Partido Comunista. Y tercero, que esa fuerza política había hecho un trabajo muy exhaustivo para convencer, a esa mayoría, de que eso significaba el socialismo. En este empeño, aquella había sido ayudada concienzudamente por el polo contrario, dígase la oposición propia y la política imperialista estadounidense a la que esta última, mayormente, se acomodaba.

En el momento en que el entonces presidente Fidel Castro se retira, la Constitución del país llevaba una buena treintena de años, con pocos cambios. Se había proclamado en 1976 y el cambio más significativo habían sido algunas modernizaciones en la década de 1990. Una enmienda a principios del nuevo milenio estableció un absurdo concepto de supuesta intangibilidad de ese sistema proclamado socialista, pero este concepto estaba destinado a caer por su propio peso... como empezamos a ver desde hace cierto tiempo.

Ahora transcurre un período del que se hablará mucho en el futuro, que contiene un proceso del corte termidoriano más escandaloso. Podemos enmarcarlo entre la emisión de los famosos Lineamientos del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, allá por el 2009; y la futura aparición del documento de la llamada Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista.

El aparato ideológico del Estado se resiste a reconocer las reformas del actual presidente como lo que son, y las llama eufemísticamente “actualización del modelo económico”. Una revelación del contenido de esa actualización, fue el cordial recibimiento al magnate azucarero de origen cubano, Alfonso Fanjul, por parte de funcionarios del gobierno de La Habana. Si los yanquis hubieran quitado el bloqueo, ya Fanjul hubiera recuperado bastantes derechos sobre sus antiguas propiedades de la industria azucarera, mediante las inversiones que la legislación cubana nuevamente permite. El Congreso estadounidense retrasa a Fanjul, mientras los brasileños ganan posiciones mediante Odebrecht, las inversiones en el puerto y zona franca del Mariel, entre otras. La apertura al gran capitalismo extranjero se complementó con aquella efectuada al pequeño y mediano capitalismo local. Ya se puede explotar fuerza de trabajo asalariada de manera privada –cuando antes era únicamente el Estado el autorizado a hacerlo.

Una parte no despreciable de la población fue entretenida, durante estos años, con maniobras de candilejas y golpes de efecto, fundamentalmente alrededor de la liberalización de la compraventa de bienes apetecibles como teléfonos celulares, computadoras y automóviles. A esto se le unió el reconocimiento de la libertad de viajar y el acceso a Internet... bajo condiciones previas muy solventes. El polo opositor había hecho muchas grandes tesis, que cosían estas prohibiciones al paquete del socialismo. El discurso oficial nunca pudo responder nada coherente –no había cómo– y, básicamente, esgrimía el manido pretexto de lo malo que eran los enemigos. Las liberalizaciones han tenido un doble efecto, entonces, a favor de las fuerzas reformistas en el gobierno cubano. Por una parte, se quitaron de arriba esas embarazosas manchas y, por otra, las ha usado como caramelitos para manipular la atención del público goloso.

¿Y qué utilidad acarrearía esta distracción? Desde que, hace ya un tiempo, la mayoría se convenció que era necesario cambiar el modelo estatista – el que monopolizaba el nombre de socialista–  se comenzó a hablar de la necesidad de reformar, correspondientemente, la Constitución del país. Sin embargo, un proceso asambleario para tal fin resulta muy engorroso para una capa élite dominante.

En primer lugar, un proceso asambleario constituyente no se puede escamotear fácilmente de la observación, el debate y la crítica popular. Y, doblando el 2015, ya a los electores cubanos no se les puede representar con una imagen monolítica de pensamiento ni acción. Si se pretende que sea medianamente respetado, que reserve algún prestigio, implica la discusión de varios posibles proyectos de futuro, de visiones; requiere de la elección de delegados que representen de alguna manera a grupos de electores con maneras de pensar diversas.
 
Es cierto que todo esto es manejable y ha sido manejado por los aparatos totalitarios, ya sean los que se apoyan en poderes monopartidistas o los del capital. Sin embargo, es más complicado que conducir un proceso de cambios detrás de las bambalinas, y presentar al público solamente productos parciales pero terminados, como las “únicas” alternativas posibles, pragmáticas y sustentables. Ea, aquí tienen estos Lineamientos. Ea, un Código de Trabajo. Una Ley de Inversiones. Si alguien quiere añadir un comentario que no altere la esencia de los proyectos, son capaces hasta de dejarlo pasar por una “Comisión de Estilo”. Paso a paso, se reforma así el escenario hacia las nuevas condiciones que acomoden a la clase dominante.

Este proceso, además, concede el tiempo necesario para la mutación definitiva y termidoriana del sistema cubano. En el imaginario popular, la idea estereotípica del socialismo enquistada tenía demasiadas cargas negativas de escaseces y precariedades, que sobrepasaban el efecto compensador de unas conquistas sociales que, de todas formas, se deterioraban. La batalla por las mentes parece haber sido ganada por la idea de que la felicidad está en el consumo sin frenos y, con esas reglas, simplemente, el capitalismo y el mercado no tienen rivales. La promesa de la abundancia barre con casi toda la resistencia de las conciencias al avance de las políticas de liberalización, aunque el avance de estas se lleve, de paso, un número de protecciones sociales antes establecidas. El problema de jugar aparentemente en el bando contrario, está en vías de solución para nuestros nuevos políticos y burgueses.

La mutación termidoriana de la clase dirigente nacional está en pleno desarrollo. Era inevitable, dada una serie de condiciones vigentes. La debilidad de concepciones ideológicas de la fuerza política, que se abrogaba aquí el nombre de comunista, fue expuesta por el mismísimo Fidel Castro, al soltar aquello de que fuera un error “creer que alguien sabía cómo se construye el socialismo”. Este motto fue recogido luego por varios ideólogos oficiales, como no podía ser menos: recuérdese el congreso de la UPEC. La falta de adherencia a una ideología proletaria; el divorcio respecto a las masas de trabajadores; el acomodamiento material y la corrupción; explican a las mil maravillas la deriva y la traición de la clase dirigente a los propósitos de construcción de ese modelo diferente del capitalista, que rechace la explotación y las dominaciones de unas personas por parte de otras.

Y no es que uno sea un dogmático de las doctrinas fosilizadas de los Sagrados Camaradas del pasado. Bastantes chispas de molestia me han quemado en estos tiempos, con las lecturas de “los clásicos”, porque es verdad que tienen sus momentos pesados. Pero hay posiciones de principio bastante básicas que lo definen a uno, lo que uno defiende, lo que uno persigue. Por ejemplo, si se apoya al capital o al trabajador. Si se admite que lo más importante son las personas que pueden emplear al mercado, o si lo es el mercado al que se deben subordinar las personas. Si las decisiones que afectan a la comunidad deben ser tomadas por una élite (erigida mediante mecanismos políticos, o económicos, o de otra índole), o por consenso de la mayoría. 

Si alguna fuerza política sinceramente cree en el socialismo, y cree que el mapa se le ha puesto borroso, tiene una metodología sencilla al alcance de su mano. Reconozca la raíz del problema, que no será otro que la pérdida del carácter de fuerza organizativa de una clase, la trabajadora. Regrese a sus orígenes, recupere el criterio y la identidad de clase. Rescate la dirección democrática, en base al criterio y aporte de todas las personas trabajadoras que la deben componer e impulsar, en condiciones de igualdad soberana en el Ágora de la República. Huelga decir que en la definición de clase trabajadora, entran todos los trabajadores más manuales o más intelectuales, las personas ya retiradas y las que estudian.

Si se desconfía de la capacidad de la clase trabajadora para dirigir los asuntos públicos y se procura alguna clase de aristocracia, todo vuelve a caer al vacío. En última instancia, no hay una clase ni grupo social, limitado, en la nación, que pueda reclamar la posesión de más valores de ningún tipo, moral o de sabiduría, que la mayoría del pueblo. La experiencia de todo tipo de fuerzas supuestamente de vanguardias, envueltas en corrupciones y arribismos oportunistas, confirma esto. En última instancia, los tropiezos y errores los cometerán, sufrirán y corregirán las mismas personas, responsables de sus propias vidas y de la elaboración de ese sentido, como compañeros y compañeras que produzcan valores materiales y espirituales para sí y para el colectivo. Y no tendrán una mejor escuela para superarse y elevar esa cultura cívica, que el ejercicio de ese derecho de manera cotidiana. Tristemente, esa no es la opción puesta en práctica por nuestros dirigentes.

En estos tiempos, se ha podido ver cómo los medios de divulgación oficiales del Partido –que son todos los importantes en Cuba– apoyan a gobiernos capitalistas con etiquetas de “progresistas”. Cómo se regodean y apoyan a grandes monopolios, que libran conflictos con sus proletarios en los países de esos gobiernos. Cómo celebran políticas que no son otra cosa que Keynesianismo, o sea, reformas al capitalismo, pequeñas redistribuciones de pizquitas de riquezas, para que dure más y más establemente que con el neoliberalismo puro y duro. Cómo se ignoran luchas y movimientos populares; conflictos sociales y ecológicos; tragedias humanas de gran magnitud, causadas por ese mismo régimen de explotación capitalista en países aliados; todo con tal de no herir las sensibilidades de las élites burguesas extranjeras afines a las nuestras. 

Estos devaneos externos son una ilustración complementaria de la deriva interna hacia el mismo tipo de sistema. Uno que se base en el control de los medios de producción por dueños autorizados a administrar –explotar– fuerza de trabajo asalariada. Si los medios son pequeños o medianos, la relación capitalista será “normal”, con su dueño establecido arriba y los proletarios abajo. Si grande, el gobierno pretende que la propiedad seguirá una formalidad estatal; o compartir el control y las ganancias con un capitalista extranjero poderoso. Si mantiene ese carácter u ocurre una piñata de privatizaciones entre ellos mismos, dará igual, porque mantendrán el carácter de usufructuarios, administradores y cooptadores de los frutos del trabajo del pueblo.

A grandes y groseros rasgos, ese es el proceso que se desarrolla a partir de los Lineamientos, y tendrá como corolario la anunciada Conceptualización. Esto explica también la necesidad, para las élites, de posponer la redacción de la nueva Constitución. Les es preciso cimentar primero, completamente, la filosofía de que “no hay otra alternativa”, que el mismo gobierno a cargo de la misma élite, basado en resortes capitalistas y de la explotación del trabajo asalariado. Quizá se propongan sinceramente mantener ciertas conquistas, como esas matrices socialdemócratas de educación y salud, universales y gratuitas, pero no más que para aliviar y justificar formalmente su preeminencia eternizada. Está por ver si les resulta factible, porque la enseñanza del mundo capitalista y subdesarrollado, es que no lo son.

8 de enero de 2015

Cuba: Problemas de propiedad, empresas agropecuarias y moralejas

Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

La sociedad cubana ha vivido, de manera particularmente intensa, el conflicto de sistemas sociales. Para empezar, a partir de 1961, el gobierno afirmó construir y representar el socialismo. Actualmente, ese mismo gobierno realiza un programa de reformas que, sostiene, es para actualizarse y lograr que el socialismo sea “próspero y sustentable”.

Los observadores maliciosos pueden señalar que, como parte de la "actualización", se han rescatado políticas y elementos que existían normalmente en el pasado. En cierto momento, estos elementos como el mercado, la inversión extranjera y la empresa privada se proscribieron, como nocivas para el nuevo sistema y el nuevo ser humano en formación. Aún más maliciosamente se puede señalar que parte de la intelligentsia oficialista ha asimilado el comentario del ex presidente, Fidel Castro Ruz, sobre la supuesta tontería de creer saber cómo construir el socialismo.

Otros observadores han criticado severamente el supuesto carácter socialista del sistema cubano. Estos señalan que no basta con que los medios de producción no pertenezcan legalmente a individuos particulares para reclamar un carácter socialista. Si estos medios son administrados por una casta reducida de personas, agrupadas alrededor de los aparatos del Estado; si esta casta se comporta de modo discrecional y no es cuestionable ni removible por los trabajadores; si el fruto del trabajo es igualmente administrado de manera opaca por las mismas élites; si como resultado de lo anterior se reproducen las desigualdades de a niveles de vida y peso socio político de los seres humanos, lo que se manifiesta es solo otra forma de capitalismo y explotación, argumentan.

El carácter estatal de las empresas, en estas condiciones, reproduce la enajenación en la clase proletaria igualito que en el capitalismo. No por gusto, políticos y filósofos oficialistas se han roto la cabeza todos estos años, y se lamentan de que los trabajadores, mayoritariamente, no llegan a sentir como suyos los medios de producción. Algunos resultados incómodos de esto son el desvío entusiasta de recursos por casi todo el que puede, y el desinterés de los demás trabajadores por impedírselo.

El gobierno ha montado, en estos decenios, innumerables campañas morales y políticas. Ha realizado cualquier cantidad de experimentos. Ha intentado trabajar mediante las estructuras administrativas, el Partido, los sindicatos… con el mismo estéril resultado. Como cabía prever, añado yo, dado un conocimiento elemental de los principios de la economía política y el marxismo.

El caso de la agricultura es paradigmático, en este sentido. Posteriormente a la Reforma Agraria de 1959, una gran cantidad de tierras se agrupó en las llamadas Granjas estatales. Estas pertenecían, por supuesto, al Estado, y eran administradas rígidamente por la burocracia del Ministerio de la Agricultura.

Según las idealistas concepciones de Fidel, estas empresas “de todo el pueblo” eran lo más socialista del mundo, allí se forjaba el Hombre Nuevo, se trabajaría desinteresadamente por el bien colectivo, etcétera. Los obreros y obreras de esos espacios tendrían la mayor productividad. Se harían responsables y sentirían un gran sentimiento de propiedad sobre los medios de producción de tierras, maquinarias, instalaciones y recursos empleados en la producción. Tales empresas prosperarían y ofrecerían al país grandes riquezas en alimentos y otros productos.

La realidad, impertinente como siempre, no le dio la razón. Las Granjas de Todo el Pueblo batieron cada record imaginable de improductividad, derroche y desvío de recursos. Con el declive de la subvención estatal, sus terrenos se cubrieron de marabú, incluso antes de que los trabajadores las abandonaran en masa.

En 1994 se crearon entonces las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC), un mal intento de ofrecerles autonomía y algún sentido de propiedad a sus trabajadores. Se le pusieron tantas trabas burocráticas a las supuestas autonomías que, en la práctica, siguieron las mismas desastrosas tendencias. Baste mencionar que, siendo supuestamente núcleos cooperativos, el presidente del colectivo era impuesto por los niveles superiores. Los obreros en la base seguían sin la capacidad de determinar por sí mismos qué producir, cómo hacerlo, a quién venderle, de quién comprar…

En el 2012, se proclamaron una serie de medidas para fortalecer las UBPC. Estas se dirigían a rectificar los problemas de su concepción en 1994, ofrecerles verdadera autonomía y lograr finalmente el sentido de propiedad de los trabajadores. Probablemente todavía sea pronto para evaluar a cabalidad los resultados, pero tenemos moralejas interesantes entre manos.

Una metáfora posible es considerar las empresas industriales cubanas muy parecidas a esas unidades agropecuarias, cubiertas de variedades más bien urbanas de marabú. La nacionalización de los años posteriores a 1959 las convirtieron en ese oxímoron de cosas “de todo el pueblo”, pero subordinadas rígidamente a la burocracia estatal.

Ninguna medida o experimento posterior ha sido ejecutada con la suficiente sabiduría y valentía como para reconocerle, a los colectivos de trabajadores, derechos de propiedad. En parte, estos últimos han oscilado varias veces entre el centro y la periferia de la cadena de mando, pero sin alterar la lógica vertical y autoritaria. Incluso, existe la disposición para cedérselos al capitalista extranjero y, quién sabe, si al nacional. Nunca a la clase obrera local, nunca a los únicos capaces de protagonizar el régimen social socialista.

El carácter de la propiedad de los medios de producción es el elemento determinante en el sistema social, como bien dijeron Marx, Carlos, y Grullo, Pero. Y la propiedad descansa en el ejercicio de los derechos de propiedad, no en abstractas declaraciones de superestructuras político administrativas. Ahora que nos abrimos a una etapa nueva, pletórica de incertidumbres, vale la pena cuestionarse cómo se manifiesta este tema.