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21 de octubre de 2014

Una asistencia social para buscar con un catalejo


Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

El economista cubano José Luis Rodríguez pone a nuestro alcance un dato impactante. En un artículo del ex-ministro de economía, que el medio Cubadebate toma de Cubacontemporanea, Rodríguez despliega varias informaciones estadísticas del panorama nacional. Una de las cifras más significativas es la disminución de un 60% en los gastos de asistencia social y la contracción de casi un 67% del total de familias subvencionadas por este mecanismo.

Aquí viene a la mente, obligatoriamente, la canción del grupo Buena Fe, “Catalejo”. Esta pieza hace alusión a la enquistada costumbre de nuestra prensa oficialista de criticar lo que sucede en los países lejanos y ocultar los sucesos locales que causen preocupación. Ábrase al azar cualquier edición del Granma o sus retoños, que con seguridad se encontrarán las críticas más amargas contra los gobiernos estadounidenses, el español, el griego, el chipriota y un largo etcétera, por los recortes sociales que hubieran realizado. La cobertura sobre la situación de las personas pobres en esos países y su abandono por parte de los estados y las sociedades es masiva y gana gruesos titulares. En cambio, acá tenemos un tajazo de esta magnitud, y no ocupa más que una escondida frase, en un artículo reproducido por un medio de mucho menos alcance.

Hay que recordar que al inicio de la década de 1990, se repitieron hasta el cansancio las promesas gubernamentales de que ninguna persona o familia quedaría desamparada, frente a las dificultades económicas que se avecinaban. Esto era percibido como una muestra de la superioridad de una sociedad socialista, altruista, sobre las demás que eran capitalistas y egoistas. Evidentemente, la política cambió. La retórica pública alcanza cimas de incoherencia, porque con los truenos actuales no hay quien pueda hacer otra cosa.

Los afectados por los recortes en la ayuda constituyen, obviamente, el sector más vulnerable de la población cubana. Son el grupo más golpeado por la pobreza; por la disminución de la cuota de alimentos racionados y subsidiados –la conocida libreta–, por el aumento generalizado de precios en todos los mercados de bienes y servicios. En nuestra Asamblea Nacional del Poder popular se despliegan planes fabulosos, se proyectan las obras del futuro, se habla de las necesidades del crecimiento, pero se habla poco de estas personas. El lema de socialismo próspero y sustentable no va con ellos.

Se suele considerar que el subsidio a los productos no es muy productivo, puesto que acceden al producto subsidiado tanto el necesitado como el pudiente. Ese subsidio, en nuestro medio, se observa fundamentalmente en los alimentos de la libreta y el transporte urbano. Un lema que también ha estado de moda por acá es la de sustituir ese tipo de subsidio por aquel dirigido a las personas específicas que lo necesitan. A juzgar por lo expuesto por Rodríguez, ni el uno ni el otro.

De acuerdo a como se hacen las cosas en este país, en esa cifra se esconde una cantidad pavorosa de historias muy tristes. Los funcionarios de las regiones reciben un plan, según el cual tienen que disminuir su presupuesto en un tanto por ciento, y a recortar como sea, porque viene menos dinero del presupuesto y punto. Los subsidios de la Asistencia social se asignan a personas que no pueden trabajar por problemas severos de salud, física o mental; o a personas en mejor estado, pero dedicadas exclusivamente a atender las abrumadoras necesidades de algún familiar en esas condiciones. La modesta pensión que les pasa el Estado suele ser vital para no hundirse en la miseria. Y el periodista José Alejandro Rodríguez –no confundir con el primer Rodríguez– en no pocas ocasiones, ha revelado en el periódico Juventud Rebelde, los casos de retirada de pensiones a personas así.

Si tan siquiera se hubiera convocado el sentir de cada comunidad respecto a cómo repartir los poquitos recursos remanentes. Pero los insensibles mecanismos burocráticos son incapaces de respetar mandatos de democracia. Hubiera podido darse el caso, Dios no lo quiera, de que una persona atrevida exigiera redistribuir por ahí lo que gasta un ministro en un hotel; el organismo de deportes en una evento de escasa popularidad o lo destinado al próximo campo de golf.

En fin, que nuestra prensa oficialista seguirá con un gran catalejo para detectar los problemas en la Luna, Marte y otros lugares lejanos de las calles cubanas. Solo en las manos de la ciudadanía estará la posibilidad de voltear ese catalejo, para poder comprender nuestras propias vergüenzas y hacer algo al respecto.

9 de octubre de 2014

Así prospera el oscurantismo sobre la ciencia y la responsabilidad


Por Rogelio M. Díaz Moreno

Hace unos días participé del evento que por acá se conoce como Forum de Ciencia y Técnica, en la reunión del municipio de Plaza, correspondiente al sector de salud. Se supone que a esta etapa lleguen aquellos trabajos considerados relevantes en los centros del sector de la salud en ese territorio.

Fui con un poco de reticencia, porque el trayecto tiene mucho de burocracia. No basta tener un buen trabajo científico. Hay que llenar folios y más folios, probablemente porque el proceso ha sido concebido por un grupo de funcionarios que funcionan de esa manera. La clave del asunto parece radicar en ilustrar cómo el gobierno ganará mucho dinero si compra la mercancía que uno trae. Esto puede ser muy pragmático, tal vez la clave radique en acostumbrarse. Pero los científicos podrían extrañar el proceso de revisión por sus pares como mecanismo de valoración de un aporte al conocimiento.

Un primer detalle vergonzoso fue la pobreza del convite. Los recortes presupuestarios del sector hacen una mella creciente y vamos a no profundizar en esos pormenores. Porque ni siquiera fueron los más embarazosos. Lo que más me molestó fue la presentación de un supuesto estudio que “demostraba” la efectividad de un tratamiento homeopático para niños de bajo peso en un hospital de maternidad. No tan bajo, como para constituir una situación de peligro que requiriera una intervención mayor, pero sí lo suficiente como para que tuvieran que esperar en el centro hasta mejorar sus condiciones.

El oscurantismo científico florece en nuestro medio. La voluntad política de resolver los problemas de salud del pueblo a un costo preferiblemente bajo favorece la tendencia al relajo. Con este estímulo, en no pocos lugares ocurre que X personas, sin satisfacer los requisitos de rigor científico y metodológico, se aparecen con estas agüitas milagrosas. En este caso específico, nos aseguró el ponente, el tratamiento homeopático había permitido la remisión eficiente de los pequeños pacientes.

El doctor que presidía la sesión, afortunadamente, parecía tener más claridad, y preguntó sobre el empleo de un grupo de control. La respuesta del ponente evidenció la pésima metodología empleada. Simplemente se habían revisado las historias clínicas de otro grupo de niños y familias-pacientes que partieron de una situación inicial parecida. La comparación “demostró” que, por no recibir el tratamiento, estos últimos demoraron más tiempo y consumieron más recursos para salir del atolladero.

Uno se pregunta ¿dónde están los Comités de Ética cuando se les necesita? ¿Qué clase de estudio puede tomar como objeto a recién nacidos y someterlos a prácticas demostradamente ineficaces y científicamente desacreditadas? ¿No hay personas calificadas en ciencia en los Consejos de dirección y científico de nuestros hospitales?

Recuérdense los nombres de algunas revistas científicas de impacto que han recogido estudios y meta-estudios realizados sobre la homeopatía. Estos medios han reconocido su pobre desempeño: The Lancet; Annals of Internal Medicine; European Journal of Clinical Pharmacology; Nature, y el mismísimo The British Homeopathy Journal. Una conclusión interesante que exponen es que, cuando se presenta algún estudio donde la homeopatía parece ofrecer un resultado más prometedor, dicho estudio tiende a ser más débil metodológicamente. O sea, más propensos a introducir errores y a permitir que los deseos de los investigadores introduzcan sesgos en los resultados. Lo observado en la práctica se corresponde con la disparatada formulación “teórica” de la homeopatía –que se puede encontrar en miles de lugares, por ejemplo, wikipedia. Es comprensible que un profano en la materia se deje llevar por promesas maravillosas. No obstante, toda persona de formación médica debería tener un mejor juicio sobre su trabajo. En este punto, dejarse conducir por la ignorancia es también una gravísima falta ética.

Introducir esta población de familias con niños en un estudio clínico en base a una disciplina desacreditada fue un disparate moral, además de científico. Pero hagamos por un momento abstracción de esa parte para demostrar lo falaz del montaje.

Cuando se monta un estudio clínico para evaluar la eficacia de un tratamiento novedoso, se incluyen personas que recibirán el tratamiento nuevo y un grupo de control. La clave está en que los pacientes no saben en qué grupo se encuentran. Ambos tipos de pacientes deben recibir el mismo tipo de atención, en horarios semejantes. Si unos toman el medicamento en evaluación, otros reciben un placebo, que es una imitación del medicamento que debe lucir igual, saber igual, oler igual. Esto se hace para descartar la influencia del “efecto placebo”, palabra que viene del latín y significa algo que complace. Los pacientes no deben saber si se les da el verdadero medicamento o el placebo. El médico que dictamina si mejoraron o no, tampoco debe saberlo.

Este montaje es necesario, puesto que si los pacientes saben que reciben un tratamiento extra, simplemente estarán mejor dispuestos y eso se refleja en su evolución. El buen ánimo y el optimismo son, reconocidamente, factores que mejoran el estado de los pacientes, sus ganas de cooperar, de comerse toda la comida y todas esas cosas que ayudan a que un niño debilucho salga adelante.

Lástima que en el hospital del estudio que me molestó, falten nociones tan elementales de la ciencia y la responsabilidad. Esto es, lamentablemente, solo una muestra. Estudios como este se repiten en decenas de otros centros donde hay más oportunismo que seriedad. El colmo es que la empresa Labiofam, hace tiempo, simplemente tiene tremendo negocio con la venta sus agüitas milagrosas homeopáticas que presenta como remedios maravillosos contra el cáncer. Sí, Labiofam, la misma que regañaron por pasarse de la raya con los perfumes del Ché Guevara y Hugo Chávez.

Y si quieren saber un chisme, les cuento que en el Instituto Nacional de Oncología –donde queda gente seria– se ha invitado a Labiofam a probar sus pócimas en estudios clínicos diseñados rigurosamente. Invitación que nunca ha sido aceptada. Así proseguirá su rumbo esta práctica oscurantista, seudo científica, estafadora. Pero es que la homeopatía es apoyada por los factores económicos, políticos y demagógicos que ya se pueden imaginar. Qué problema que tenemos por acá.

1 de octubre de 2014




Esta imagen fue publicada en el sitio WEB de la emisora Radio COCO. Fue capturada por el fotógrafo Reinier Batista e ilustra una noticia sobre el buen desempeño del equipo de béisbol de Industriales en el torneo auspiciado por la empresa siderúrgica Antillana de Acero. En ella hay algunos detalles sobre los que convendría detenernos un poco.

Con camisetas como esta que porta el bateador Stayler Hernández, el equipo de la capital parece haberse convertido en una valla anunciadora de la cerveza Bucanero. Y esto tiene unas repercusiones que no son para tomar a la ligera.

Nuestros periodistas oficialistas, tan preocupados con la generalización del modo de vida basado en el consumismo y la frivolidad, podrían hacer un interesante ejercicio reflexivo en este punto. Para mí, lo que vemos es una manifestación natural de las empresas capitalistas, no importa si el capitalista es un particular o la clase de funcionarios que controla el Estado. Estas empresas tratan de promover la venta de la mercancía producida para incrementar la ganancia. Aquí no existen otras preocupaciones acerca de la repercusión integral de estos modelos y exhortaciones al consumo, o las ansias inducidas en las personas –sobre todo, las más jóvenes.

La presencia de propaganda comercial en los espectáculos deportivos es un símbolo bien determinante del sentido y carácter de la actividad. Por el extremo en el que se movió el sistema cubano durante varias décadas, este tipo de publicidad estuvo totalmente proscrita de los estadios cubanos y trasmisiones televisivas del Instituto Cubano de Radio y Televisión, ICRT. Únicamente podía presentarse alguna flexibilidad en el caso de equipos dotados con trajes de Adidas u otras marcas, con los diseños y logotipos correspondientes. Los políticos, los periodistas y otros intelectuales del oficialismo mencionaban, con no poca frecuencia, esta “limpieza” del deporte cubano como uno de sus valores.

La Tierra dio algunas vueltas alrededor del Sol, al Muro de Berlín lo tumbaron y, aunque con cierto retraso, nosotros también empezamos a cambiar. La inserción de propaganda comercial en los espectáculos deportivos es una fuerza económica poderosa. Las reformas de mercado que se aplican en nuestro país permiten acogerla como una consecuencia natural. A la luz de las leyes económicas del materialismo y el marxismo, se puede comprender fácilmente como se impone en los espacios a su alcance.

No se puede dejar de tomar en cuenta que el gobierno cada vez cuenta con menos recursos para presupuestos sociales y financiar actividades como el deporte. De hecho, podríamos preguntarnos si la celebración de la copa Antillana de Acero no habrá dependido, para sus últimas ediciones, del aporte de este tipo de patrocinadores. Y esas serían razones de no poco peso a favor de volvernos un poco liberales en este respecto.

Por otra parte, podemos retomar la discusión sobre si es conveniente que el Estado, en un país subdesarrollado aporte, en exclusiva o no, financiación para el deporte de alto rendimiento. Se puede discutir que la prioridad la debe tener el desarrollo de la educación física y el deporte popular de base, y que ahí deben priorizarse los pocos recursos que se dispongan. Esto tampoco contradice la posibilidad de que el deporte de alto rendimiento se desarrolle, entonces, sobre otras bases lucrativas que incluyen la propaganda, los patrocinadores, los intercambios de deportistas entre clubes, etcétera.

Todas estas son cuestiones que se deberían discutir abierta y sinceramente, en el seno de la sociedad civil. No son como para que los tecnócratas de siempre regulen, y experimenten, y usen una provincia, una competencia deportiva, un oficio, y “hasta etcétera”, como conejillos de indias, a su antojo y sin necesidad de responder al control popular.

Las decisiones finales que se acepten, deben ser consensuadas democráticamente y, por obligación, portar matices que tomen en cuenta elementos económicos, pero también culturales, cívicos y de otro tipo. Por ejemplo, se puede estar de acuerdo con la propaganda pero no de bebidas alcohólicas, como es el caso ahora con la dichosa cerveza Bucanero. De hecho, está prohibido –sabiamente, en mi opinión– entrar a los estadios con ese tipo de insumos, por las alteraciones que pueden producirse por la combinación de personas bebidas y pasiones desatadas. Imagínense que los vendedores de cigarros pudieran poner también propaganda por la libre. O que la comida chatarra tampoco recibiera ningún tipo de regulaciones. Los mecanismos capitalistas de lucro en el deporte potencian, de paso, la desigualdad social y territorial entre regiones que ya arrastren desigualdades de base.

El socialismo pudiera asimilar, en alguna instancia, la inserción de propaganda comercial en el deporte. La gestión popular democrática puede convertirla en una herramienta de financiación de la actividad física y la salud y el bienestar popular, así como establecer mecanismos compensatorios. Pero para esto, para esto y mucho más, habrá que ejercitar ese poder democrático y popular, para discutir y dirigir conscientemente estas fuerzas bajo su control.

21 de septiembre de 2014

Historias hermosas y universales, sin discriminaciones

En mi infancia, recuerdo haber leído en un libro de texto de literatura, el poema “A Margarita Debayle”, de Rubén Darío. El genial nicaragüense representa un narrador que le cuenta a una pequeña amiga de nombre romántico –Margarita–, una fábula sobre una princesa envuelta en la búsqueda de una estrella.

 

Recuerdo que el poema en aquel libro escolar se veía interrumpido por unos puntos suspensivos y luego culminaba: se notaba la falta de un pedazo. Quince o veinte años después cayó en mis manos el poema de Darío, con su contenido íntegro, y comprendí la razón de la censura.

 

La princesita ha tomado la estrella de los jardines celestiales. En el pedazo ausente del libro de texto, aparece entonces la figura de Jesucristo para asegurar al Rey, padre de la princesa, que no debe regañarla. La escena rebosa de la gracia exquisita que era capaz de recrear aquel poeta, y las imágenes de belleza y amor divinos son memorables.

 

Sin embargo… era un libro de los años ´70, ´80, del pasado siglo en nuestro país. El contenido religioso de ese poema era mucho más de lo que podía soportar la estrecha mentalidad de un censor, con el empacho de ateísmo y sarampión rojo propio del sistema de entonces. Cometieron el pecado de lesa cultura y masacraron el poema de Darío, para poder incluirlo en el libro sin peligro de “confusiones ideológicas” en el estudiantado.

 

La literatura y todas las demás ramas del arte y la cultura de la humanidad están impregnadas de sentimientos y mitos, pasiones y epopeyas, de origen religioso. Quienes pretendieron darle la espalda a esa realidad durante parte de nuestra historia, cometieron un atroz disparate.

 

Ni en el más laico de los Estados, tendría sentido preocuparse por la expresión de un sentimiento religioso en obras particulares de los textos de literatura. Si otro fuera el caso, no se podrían estudiar obras como La Ilíada. Lógicamente, un volumen escolar que intentara no reproducir patrones hegemónicos, tendría el buen cuidado de balancear las fuentes de las que beba. Junto con la épica helénica, se alinearían honorablemente la luminosa poesía de Sor Juana Inés de la Cruz; los empeños de Gilgamesh; las historias fascinantes de los monjes de Shaolín y los Patakines de nuestros ancestros africanos.

 

La publicación de mi diatriba contra lo que parece un ciclo de cine cristiano en la televisión estatal cubana ha motivado un buen debate en estos sitios. En este, los comentaristas han hecho referencia a la película Ben Hur. Sin reservas de ningún tipo, afirmo que la vi con total agrado, y nunca me preocuparía por su relación con la religión judeo-cristiana. Otras películas han representado versiones más o menos libres de seres de la mitología griega y la escandinava, y las he apreciado con igual gusto.

 

La película sobre el arca de Noé, protagonizada por Russel Crowe, constituyó el epicentro de mi descarga. Insertada en la programación en una estructura diferente, yo la hubiera podido ver con otra mirada, sin darle la misma connotación. Por ejemplo, como parte de un ciclo de cine de aventuras. O un ciclo de catastrofismo. O de películas protagonizadas por Crowe. O de películas sobre distintas religiones, con esta en representación del cristianismo.

 

Se podía haber manejado de lo más bien como un producto cultural, con sus valores y defectos, que un crítico de cine podrá señalar mucho mejor que yo. Lo que encuentro repudiable, bajo todo punto de vista, es la pretensión de algún grupo, empoderado en el Estado, de favorecer una doctrina religiosa particular, mediante la manipulación de los medios de comunicación masivos que domina.

 

Mientras escribía esto, precisamente, trasmitían por la televisión otra ceremonia católica, relacionada con la Virgen de la Caridad del Cobre. El reconocimiento que se le está haciendo a esta figura en los altos niveles de la Iglesia y el Vaticano tiene gran relevancia para muchas personas de nuestro país. Sería justo y perfectamente pertinente que se cubriera, con carácter informativo, una acción de tal relevancia. Tampoco me opondría a que su Iglesia empleara sus propios medios para divulgar la misa celebrada, íntegramente. Pero espero que los practicantes racionales comprendan que el Estado no debe entregar un espacio proselitista tan estratégico como la televisión pública. Este espacio ni siquiera pertenece al Estado, ente abstracto, ni al grupo de burócratas del Instituto Cubano de Radio y Televisión, sino a todos los ciudadanos, católicos y protestantes, ortodoxos y abakuás, yorubas y Nueva-Era y hebreos y musulmanes y hasta ateos, que conviven en la Casa Cuba. Tal vez yo pueda entender algún tipo de compromiso y no proteste tanto contra una trasmisión de una misa navideña, si se programa poco después la ceremonia de la Letra del Año. No se deberá olvidar tampoco otras actividades específicas que se soliciten, organizadamente, por parte de las distintas congregaciones religiosas ¡y también de los colectivos ateos! Y así, compartiendo el espacio de todos entre todos, alejamos el fantasma de la intolerancia que tanto daño nos ha hecho.

 

Repito una convicción, que no es solamente mía. La violación del carácter laico e imparcial del Estado y de los medios públicos de divulgación, es una violación de las libertades de todos los ciudadanos de todas las creencias. Se viola esa libertad al imponer un mensaje religioso único a quien no lo quiere recibir, desde la televisión que mantiene con sus impuestos o con su trabajo. Se crea una atmósfera que discrimina las otras creencias, que las invisibiliza y las devalúa. Se perjudica, por último, a la misma fe religiosa que se pretende favorecer, pues ya la voz que llame al creyente no será la voz interior, o la de otros hermanos de fe, sino la del Gran Hermano con sus propios propósitos. Que ya sabemos, historia y libros de texto censurados mediante, que no son propósitos para confiar.

 

Texto íntegro del poema “A Margarita Debayle”

A MARGARITA DEBAYLE

   

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar;

yo siento

en el alma una alondra cantar:

tu acento.

Margarita, te voy a contar

un cuento.

 

Éste era un rey que tenía

un palacio de diamantes,

una tienda hecha del día

y un rebaño de elefantes,

 

un kiosko de malaquita,

un gran manto de tisú,

y una gentil princesita,

tan bonita,

Margarita,

tan bonita como tú.

 

Una tarde la princesa   

vió una estrella aparecer;   

la princesa era traviesa   

y la quiso ir a coger.

 

La quería para hacerla   

decorar un prendedor,   

con un verso y una perla,   

y una pluma y una flor.

 

Las princesas primorosas   

se parecen mucho a ti:   

cortan lirios, cortan rosas,   

cortan astros. Son así.   

 

Pues se fué la niña bella,   

bajo el cielo y sobre el mar,   

a cortar la blanca estrella   

que la hacía suspirar.  

 

Y siguió camino arriba,   

por la luna y más allá;   

mas lo malo es que ella iba   

sin permiso del papá.   

 

Cuando estuvo ya de vuelta   

de los parques del Señor,   

se miraba toda envuelta   

en un dulce resplandor.   

 

Y el rey dijo: "¿Qué te has hecho?   

Te he buscado y no te hallé;   

y ¿qué tienes en el pecho,   

que encendido se te ve?"

 

La princesa no mentía.

Y así, dijo la verdad:   

"Fuí a cortar la estrella mía   

a la azul inmensidad."

  

Y el rey clama: "¿No te he dicho   

que el azul no hay que tocar?   

¡Qué locura! ¡Qué capricho!   

El Señor se va a enojar."

 

Y dice ella: "No hubo intento;   

yo me fuí no sé por qué   

por las olas y en el viento   

fuí a la estrella y la corté."

   

Y el papá dice enojado:  

"Un castigo has de tener:   

vuelve al cielo, y lo robado

vas ahora a devolver."

 

La princesa se entristece

por su dulce flor de luz,

cuando entonces aparece

sonriendo el Buen Jesús.

 

Y así dice: "En mis campiñas

esa rosa le ofrecí:

son mis flores de las niñas

que al soñar piensan en mí."

   

Viste el rey ropas brillantes,   

y luego hace desfilar   

cuatrocientos elefantes   

a la orilla de la mar.   

 

La princesita está bella,

pues ya tiene el prendedor   

en que lucen, con la estrella,  

verso, perla, pluma y flor.  

 

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar:   

tu aliento.

 

Ya que lejos de mí vas a estar,

guarda, niña, un gentil pensamiento 

al que un día te quiso contar

un cuento.

 

15 de septiembre de 2014

Qué significa el apoyo del oficialismo cubano al imperialismo ruso

Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

“La guerra, preparada por los gobiernos y los partidos burgueses de todos los países, se ha desencadenado”. Así comienza el texto de Vladimir Ilich Lenin dell año 1914, La guerra y la socialdemocracia rusa, del que voy a hacer uso y abuso en la presente diatriba.

Le veo una importancia estratégica a desentrañar bien las interioridades de las políticas que se mueven por sobre nuestras cabezas, semejantes a los cometas que andan engullendo mundos. En estos estudios, se torna invaluable la experiencia de los que –como Lenin– vivieron situaciones parecidas a las nuestras de hoy, y las desmenuzaron con sus implacables análisis, ejemplarmente marxistas y con el más fuerte sentido de clase proletaria como antorcha y brújula.

La situación de 1914, cuando se inicia aquella primera conflagración mundial, se parece bastante a la de hoy. Los países capitalistas, divididos en bloques, compiten desde mucho antes por el dominio geopolítico. El zarismo imperialista ruso, en uno de esos polos, enfrentó en su momento a un bloque de naciones europeas altamente desarrolladas.

El partido de los comunistas rusos se conocía como socialdemocracia. ¿Qué postura considera Lenin como la única digna para los socialdemócratas, en los momentos que el gobierno de su propio país invoca la defensa de “la madrecita Rusia”, e intenta monopolizar el patriotismo y la fidelidad de los ciudadanos súbditos?

Ante todo, declaró, le incumbe “el deber de poner al descubierto el verdadero significado de la guerra y denunciar implacablemente la mentira, los sofismas y las frases `patrióticas´ propagadas por las clases dominantes, terratenientes y burguesía en defensa de la guerra.

Bien fuerte ¿verdad? sobre todo porque Lenin mismo era ciudadano de aquel país. Se podía ganar los epítetos de traidor, y hasta un consejo de guerra. Ah, pero ya los sectores más avanzados de la clase obrera revolucionaria mundial habían asumido el descubrimiento, el hecho científico, de que la burguesía explotadora es internacional –hoy diríamos globalizada– y, en todas las naciones, comparte la misma naturaleza y el mismo objetivo de la explotación de los trabajadores. Igualmente, comprendían que la situación de sumisión de la clase obrera; su aparente y único destino de renunciar en el altar de los amos a su sudor, vidas y esperanzas, es una desgracia que atraviesa fronteras, climas y latitudes; de una manera únicamente comparable con la grandeza común de su capacidad creadora y solidaria.

Como se puede imginar, a Lenin no le costó trabajo desmontar la demagogia y la hipocresía de las oligarquías de los dos bandos opuestos en la guerra. Los cabecillas de uno y otro lado derrochaban discursos “civilizadores”, y de valores patrios, de libertad y cultura contra el despotismo y el militarismo del contrario. Sin embargo, los fines de todos esos cabecillas no podían ser más mezquinos y egoístas, dispuestos a dar cualquier cantidad de la sangre de los pueblos con tal de beneficiarse del saqueo y la conquista.

Frente a la ferocidad con que la censura y la propaganda se empleaban para dividir a los trabajadores de esos países y lanzarlos unos contra otros, Lenin resaltó el imperioso deber del proletariado consciente de salvaguardar su cohesión de clase y su internacionalismo. Se tornaba imperativo que las convicciones socialistas encararan el desenfreno chovinista de la camarilla “patriótica” burguesa de todos los países. De lo contrario, ya podían renunciar a toda aspiración emancipadora, democrática y socialista.

La principal derrota para la clase trabajadora, en aquella época, la constituyó la actitud, que Lenin tachó de oportunista y traidora, de los partidos de la Internacional Socialista que renunciaron a la consciencia de clase para ponerse a los pies de los gobiernos burgueses locales y apoyar a su bando en la guerra imperialista. Lo mismo de un lado que del otro. A Lenin no le tembló la pluma para escribir que lo que más le convendría, al proletariado ruso, sería una completa derrota de las fuerzas militares de la oligarquía de su país, del ejército del Zar; puesto que esto facilitaría la tarea de una insurrección revolucionaria y la instauración del socialismo.

Sería bueno que esos periodistas oficialistas nuestros, que se las dan de socialistas, leyeran un poquito a los clásicos. A la luz de una conciencia de clase trabajadora, no hay huecos para justificar la alineación con ninguno de los bandos imperialistas en las pugnas por el dominio mundial, ni entonces ni ahora.

Un pequeño porcentaje de los ciudadanos rusos se ha vuelto rico o muy rico, multimillonario. Poseen cuentas bancarias e inversiones por todo el Occidente, donde pasan sus vacaciones y hasta residen, en mansiones y palacios, con excelente acogida entre las élites locales. Así se demuestra, una vez más, que los capitalistas no tienen una patria más real que el espacio trasnacional del dinero y la ganancia.

La oligarquía rusa contemporánea, en su enfrentamiento con la OTAN, no persigue un fin diferente al que perseguían los nobles boyardos, terratenientes, acaudalados aliados del zarismo de antaño. Las escaramuzas diplomáticas, comerciales y hasta militares que emprende en su oposición a Occidente, no persiguen mejorar las condiciones de vida del pueblo trabajador, ni sus libertades y derechos, sino asegurarse la satisfacción de sus infinitas ambiciones mediante la continuidad del dominio de los recursos en aquella parte del mundo. Y si es posible, ampliarlos. Esa, y no otra, es la motivación de su actual invasión al territorio de la vecina república de Ucrania. Esto también se cumple con absoluta simetría, por supuesto, dentro del otro bando.

El verdadero valor que la oligarquía rusa concede a los derechos y las libertades de los pueblos, se puede apreciar en lugares como la república de Chechenia, que aspiró a ser independiente. Los bombardeos, desplazamientos forzosos, las masacres de todo tipo cometidas allí no tienen nada que envidiarle a la actuación de los estadounidenses en Vietnam. Ah, con la diferencia de que en Chechenia el ocupante sí logó imponer su fuerza.

A esta élite rusa no le importará enviar a la guerra, una vez más, a los trajinados de uniforme, a la carne de cañón en la que nunca figurarán los hijos de los grandes burgueses. Como mismo no le importará a los pejes gordos de la OTAN. Unas y otras cúpulas calcularán, desde sus suntuosas y bien guarnecidas residencias, el balance de ganancias y pérdidas de los conflictos. Cuando este reporte más de las últimas que de las primeras, se reunirán en algún palacio en Davos u otro lugar afín, para hablar de su amor por la paz y de la necesidad de poner fin al derramamiento de sangre que provocaron con sus ambiciones.

Entrar en relaciones con uno u otro grupo de países es potestad soberana de cada nación, por supuesto, y se debe atender a los intereses propios en instancia no secundaria. Bien es cierto que el gobierno ruso nos condonó una huelga de una tonga de pesos, que no la brinca ni el abuelo de todos los chivos. Pero valdría la pena recordar que las riquezas que consumimos, para acumular esa deuda, la creó la clase trabajadora soviética; no los políticos de cuello y corbata que hoy dicen representar la nación mientras la expolian todo lo que pueden.

En esa vena, no debemos olvidar que los dirigentes rusos ya nos han utilizado como peón de cambio en la arena geopolítica, por lo menos tres veces: para resolver la crisis de octubre; cuando renunciaron a defender algún tipo de política internacionalista al desmoronarse la Unión Soviética y cuando recogieron los bártulos de la base de Lourdes. ¿Quién puede dudar que nos vayan a dar la espalda nuevamente cuando les convenga más a ellos, y nosotros quedemos en la peor situación? ¿Qué tipo de lealtad les debemos? Nuestra hermandad, nuestra fraternidad como socialistas, debe ser con la clase trabajadora rusa, china, latinoamericana; con las personas trabajadoras en el seno de cualquier nación de Asia, África, Norteamérica y Europa –y también de las naciones que componen la OTAN. En esa clase trabajadora encontrará nuestro pueblo la verdadera y legítima solidaridad. 

Que nuestro gobierno y sus heraldos apoyen incondicionalmente la actuación del régimen de Putin, deja muy mal paradas a sus pretensiones de defender algún tipo de ideales socialistas. Tal actitud constituye un oportunismo y una traición imperdonable a la clase obrera, la que sufre de la explotación de esa oligarquía chovinista y militarista; la que pondrá los muertos de la guerra sin recibir ningún beneficio excepto el recrudecimiento de la explotación y los recortes de sus derechos civiles y personales con el pretexto de las situaciones de emergencia creadas. No lo dirá solamente este impertinente, sino otro nacido en 1870; en un poblado llamado entonces Simbirsk y después Ulyanovsk, si es que la burguesía de su país no lo ha rebautizado nuevamente, por razones de mala conciencia.

6 de septiembre de 2014

¿Quién metió a la Iglesia en mi televisor?

Varias personas me habían comentado, en las últimas semanas, haber visto una película de tema bíblico, en un espacio de la televisión de los domingos. Justamente, el pasado domingo encendí mi televisor a tiempo de ver las escenas finales del largometraje, con Russel Crowe, que representa el mito del Arca de Noé.

 

Muchas personas se quejan de lo que pueden ver los menores de la familia en ciertos programas que reflejan realidades que no son de su agrado. Hagamos el ejercicio, para ver cómo se puede aplicar a esta película sobre el Diluvio. La divinidad del Viejo Testamento se enfada porque las criaturas (que Él mismo hizo) se han comportado muy mal. Vamos a obviar la contradicción o inconsecuencia de que el Omnisapiente lo debía haber previsto, desde que zumbó a Adán y a Eva fuera del Edén. Entonces aplica un remedio ¿santo? Un verdadero planeticidio, con aquella inundación que no contempla niños, mujeres o ancianos. La película hace despliegue de un alto nivel de truculencia y efectos especiales, que trasmiten de lo más bien el mensaje traumático de que con Jehová el Exterminador no se juega.

 

Vamos a recapitular cuidadosamente este asunto. No pretendo con este escrito, en lo más mínimo, hacer una diatriba anticristiana ni nada de eso. Pero sí tengo mis razones para molestarme con los criterios de selección de esta programación.

 

El sistema que hoy en día determina que se abra un espacio regular para el cine bíblico, es el mismo que ayer censuraba escenas o películas, porque incluían un contenido religioso y le aplicaba una tijera de manera absolutamente inmerecida. Aquello era igualmente absurdo, porque trataban de mutilar espacios legítimos de la realidad, solo que el totalitarismo tenía la veta del ateísmo mal comprendido. En el día de mañana, pueden llegar a esa oficina del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) unas personas con una filiación de fe distinta, e imponernos su creencia particular en la programación.

 

La televisión cubana es oficial, es estatal, es pública, y es monopolio y responsabilidad del Estado. De un Estado laico, si vamos a creer todavía a la Constitución. Los artículos 8 y 55 establecen la separación de Iglesia y Estado; la igualdad de consideración para todas las creencias y religiones, y la libertad que tiene la ciudadanía cubana de profesar cualquiera de ellas, o ninguna.

 

Con este fundamento, se puede cuestionar que el ICRT decida trasmitir, en un espacio regular, materiales parcializados con una doctrina específica. Esto constituye una violación de la libertad religiosa de las personas que no profesan esa fe en particular. Por cierto, que viola también la libertad de las personas que sí la profesan, aunque sea menos evidente, porque obra en detrimento del carácter neutro que debe conservar el espacio público, colectivo, plural.

 

Cuantas veces sea necesario, repetiré que no me motiva ningún sentimiento anticristiano o de censura. Defiendo que, quien lo desee, debe tener toda la libertad de consumir, producir y divulgar los materiales religiosos que estime convenientes, como individuo o como congregación de esa fe. Debido al origen de nuestra población y cultura, además, con frecuencia será difícil soslayar reales obras de arte que se despliegan a partir de un trasfondo compuesto de estos temas. Por poner ejemplos simples y contundentes, los cuadros de los santos en los museos, la poesía de San Juan de la Cruz, los cantos gregorianos, un dulce Ave María… Estos constituyen patrimonios de la cultura que atesoramos, y esperamos trasmitir a las nuevas generaciones el fervor que nos despiertan a muchos.

 

Tampoco hay que cerrar la puerta a la posibilidad de que, en el futuro, una parte de los largometrajes religiosos u otras obras contemporáneas, se incorporen a esta relación por sus propios valores. Ahora bien, no hay que apresurarse a imponer en este espacio, obras explícitamente doctrinarias y a las cuales el tiempo no ha dotado aún de una respetable perdurabilidad en cuanto a la capacidad de movilizar los sentimientos humanos.

 

Vuélvase a notar la responsabilidad de un Estado Laico que debe tratar equitativamente todas las creencias. Nadie podrá negar la existencia de obras semejantes, pero relacionadas con las creencias del sincretismo cubano, las musulmanas, las de la Nueva Era, entre otras igualmente respetables que existen en nuestro patio. ¿O vamos a decir que, como algunas tienen mayor cantidad de practicantes, tienen más derechos que las otras?

 

Esta tendencia de los domingos se une ahora a las ocasiones en que han decidido trasmitir misas católicas por los días de Navidad, igualmente por la televisión del Estado. Por este camino se naturaliza la discriminación de otras creencias y de las personas sencillamente ateas. No olvidemos que una doctrina religiosa particular puede ser portadora de un paquete de conceptos morales y éticos que no concuerda en su totalidad con los paquetes de otras doctrinas o el de la persona que no tiene ninguna. Y que esos conceptos son exaltados, con no poca frecuencia en detrimento de los espacios y potestades de los demás. Por ejemplo, ya existen en nuestro país dos días feriados en honor de una religión específica, y ninguno dedicado a otros cultos igualmente populares. Es un deber ciudadano prevenir y oponerse a esta otra violación de nuestras libertades y derechos.

 

En resumen, que aplaudo a cualquier congregación religiosa que desee ejercer, sinceramente, su culto y su proselitismo por sus propios medios. Incluso, se pudiera contemplar que sostengan, con sus propios medios, sus propios espacios en los medios de divulgación modernos. Si en estos medios se aporta la debida información sobre el objetivo y la fuente de sus programas, permiten la elección informada al consumidor. Pero de la televisión del Estado, me sacan a la Iglesia.