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26 de agosto de 2014

Silvio Rodríguez denuncia abandono de estudios de grabación Abdala

Los medios digitales cubanos amanecieron este lunes con una denuncia sorprendente para muchas personas. Se trata de un material del famoso trovador cubano Silvio Rodríguez, relacionado con la situación de los estudios musicales Abdala. Las instalaciones de Abdala se encuentran en peligro de cierre, alerta el músico, debido a una venenosa enredadera de trabas burocráticas.

 

Las buenas relaciones de Silvio Rodríguez con el entonces presidente Fidel Castro, le permitieron impulsar decisivamente la fundación de esta institución. Incluso aportó un capital sustancial de su propio bolsillo. Por esta razón gozaba de cierta independencia de las autoridades del gobierno, fundamentalmente del Ministerio de Cultura (Mincult). Al parecer, como parte de la campaña de fortalecimiento de la institucionalidad que realiza el nuevo presidente, alguien tomó la decisión que los estudios Abdala se sujetaran a la égida del Mincult.

 

Este proceso comenzó hace unos ocho meses, explica el trovador en su bitácora Segunda Cita. Por exigencias de procedimiento, Abdala perdió partes fundamentales de su autonomía, entre ellas, poder pagar sus cuentas. Sin embargo, ninguna autoridad dentro del Mincult asume esas responsabilidades entretanto. Abdala, que es capaz de producir suficientes ganancias, no puede abonar desde entonces su cuenta de la electricidad, y la empresa eléctrica le ha retirado el servicio.

 

Rodríguez señala que el buen funcionamiento del centro contrastaba con la incompetencia de muchos burócratas del gobierno, los que además se resentían de la autonomía de los estudios. Las malas artes de estos funcionarios contribuyen con seguridad al empantanamiento actual de Abdala, acusa. El músico se queja de haber realizado innumerables gestiones para intentar hallar soluciones y ha sido rechazado. Silvio Rodríguez compara el daño que esta situación crea, con el de los planes contrarrevolucionarios de la estadounidense Agencia Central de Inteligencia (CIA).

 

El blog Segunda Cita no es fácilmente accesible a los cubanos, por las consabidas limitaciones de Internet. La reproducción de esta denuncia en sitios nacionales .cu, como Cubasí, le da mayor alcance. Un detalle oscuro es que un grupo de comentaristas ha replicado con ataques al artista, no relacionados con el cierre de Abdala o tergiversando las razones del mismo claramente expuestas.

 

Uno puede tener cualquier opinión, buena o mala, sobre la figura de Silvio Rodríguez. Incluso, hay personas que reconocen repudiar facetas de él como persona pública y, sin embargo,  admirar su extraordinaria obra artística. Sin embargo, este asunto afecta a muchas más personas. Los estudios Abdala han contribuido al desarrollo de muchos talentos musicales del país, con grabaciones, discos, apoyo, etcétera.

 

Incluso los que no sientan simpatía ninguna por el autor de Unicornio¸ Ojalá, Solo el amor y decenas de otros extraordinarios éxitos, pueden reconocer el doloroso golpe que este problema le asesta a la cultura nacional. Los que se ceban a manera de buitres en el cuerpo de Abdala son miembros de una burro-cracia que no aportarán, en toda su vida, un ápice al bienestar espiritual del pueblo. En cambio, sí medrarán con el daño que inflijan, mientras la estructura autoritaria del gobierno y el poder en Cuba permitan ese tipo de política.

 

PD. Dicen las buenas lenguas que ya lo llamaron quienes podían, y la cosa va en vía de solucionarse satisfactoriamente.

24 de agosto de 2014

¿Al capital, los derechos que nunca disfrutó el trabajo?

Las inversiones de capital de ciudadanos cubanos, en la economía local, serían la gota que colme el vaso de la transformación del confuso sistema cubano actual, hacia el capitalismo común y corriente.

 

Está en el blog de Silvio Rodríguez, que ya se le pasó lo de necio y decidió no morirse como vivió. Está en las columnas de Guillermo Rodríguez Rivera, que tiene la desfachatez de invocar al Ché Guevara como apoyo. Esteban Morales también lo apoya, a pesar de que no puede sino incrementar las diferencias sociales que ha denunciado en sus artículos. Está en los artículos del reputado economista José Luis Rodríguez y, tal vez, en las líneas de una ley general de inversiones que cocina Marino Murillo a espaldas del pueblo cubano. Está, finalmente, en el camino del aparente sentido común pues, después de los hoteles, los celulares y la Internet, es el único “derecho” que faltamos por recibir quienes nacimos acá.

 

Por la opacidad del gobierno cubano, no se sabe de hecho si esta medida está entre las contempladas por el mismo en su programa eufemísticamente llamado “actualización”. Además, una postura en el presente, no significa tampoco demasiado, dada la mutabilidad de criterios de nuestros gobernantes. Los crecimientos soñados de la economía no acaban de producirse. Puede que las atracciones extendidas recientemente ante el capital extranjero no reporten el resultado anhelado. Para el día de mañana, se pueden esperar giros más extremos todavía de las reformas que incluyan la bienvenida a una “burguesía nacionalista”.

[more]

Ya me parece escuchar las explicaciones sobre lo adecuado de la nueva “modernización”. Que permitirá el crecimiento de la economía. Que no hay que temer que unos pocos progresen porque siempre habrá migajitas que se filtren hacia los de abajo.

 

No se puede abordar con justicia este tema, sin aclarar primero un montón de sub – entendidos que no están ahí de casualidad. Se habla del “derecho” de los extranjeros a las inversiones, por ejemplo de los brasileños. ¿Vendrá algún día a invertir un miembro del Movimiento Sin Tierras? ¿Un habitante de las favelas de Sao Paulo? ¿O vienen, más bien, capitalistas como esos de Odebrecht que aquí se les llama “buenos”, y arrastran allá cargos penales, por uso de mano de obra semi esclava en el empobrecido territorio del nordeste?

 

¿Cómo podría hablarse de algún tipo de derecho que no puede ejercer más del 90% de la población? El argumento de que el igualitarismo es malo tampoco justifica esta separación definitiva en clases de nuestra ya desigual sociedad. El capitalismo de estado que hemos vivido todos estos años culminará su evolución hacia el capitalismo simple y puro, sobre las mismas bases que promueve Wall Street.

 

Se ponen los pelos de punta al considerar el trastorno en las relaciones sociales. Los aspirantes a oficializar su disimulado señorío se hacen la boca agua. La pérdida de derechos laborales que se contempla hoy entre los empleados de los pequeños empresarios del llamado “cuentapropismo” se extenderá inevitablemente por las empresas regulares. En un colectivo laboral donde hoy nos tratamos como “compañer@s”, habrá mañana un par de personas a las que habrá que rendir pleitesía de “señor”. No porque sean mejores trabajador@s, más esforzados o sacrificados, sino porque tenían más dinero. ¿Y quién le va a llevar la contraria al nuevo patrón, acaso el sindicato?

 

Considérese dejar que un puñado de privilegiados, con la capacidad de invertir, se haga con el control de cuanto valga a nuestro alrededor. Teóricamente, la propiedad sobre los medios de producción, en Cuba, es del pueblo. ¿Quién se arroga la potestad de venderla, o de ceder derechos sobre ella? Empresas que construyeron nuestros antecesores, o bien llevan decenios operadas por ellos. ¿Con qué moral va a venir ahora una persona a decir “esto es mío, voy a cambiar aquello y voy a despedir a quien me de la gana”? ¿Cómo evitar luego la concentración de la propiedad en manos particulares? Cierto que el monopolio en manos del Estado ya es lo suficientemente malo, pero esto no es justificación para pasar de Escila a Caribdis.

 

Esta podría ser la oportunidad que esperan burócratas y políticos para obrar como sus colegas en la extinta Unión Soviética. Se volvieron millonarios de la noche a la mañana, mediante la malversación de las propiedades anteriormente estatales. No olvidemos que en nuestro aparato político-administrativo-corporativo, desde el presidente para abajo, todos o casi todos tienen familiares en el extranjero. Muchos tendrán conexiones con cuentas bancarias, recursos, fuentes de capital. Y los casos de corrupción han explotado tristemente, en los más altos niveles del Estado y del Gobierno, en la dirección de las corporaciones industriales, comerciales y de servicios, etcétera. Imagínense uno de esos adictos a las mieles del poder, con las manos sueltas en un proceso de inversiones privadas.

 

Ciertamente, nuestro país necesita un incremento sustancial en la generación de riquezas, con productividad y eficiencia. Nuestras empresas, descapitalizadas y obsoletas, necesitan de fuertes impulsos para mejorarse. Sin embargo, hay una fuente inmensa de energías sin explotar, una verdadera opción revolucionaria y socialista, única que nos puede sacar del bache sin precipitarnos irremisiblemente en modelos neoliberales.

 

Los nuevos patrones acapararán poderes gestores y administrativos sobre los medios de producción, por el mero hecho de tener dinero y ponerlo sobre la mesa. La justificación será que mejorará el depauperado estado de aquellos medios, la salud de la economía en general y siempre sobrarán las famosas migajitas que se caigan hacia los infelices. Se argumentará que la gestión privada obtendrá resultados muy superiores al reguero estatal de hoy, y por eso merecería esas potestades. En todo su resplandor, Don Dinero sería la nueva fuente de Derecho y legitimidad en la posible futura “modernización” del modelo socialista del gobierno.

 

Este camino llevará a una profundización de las desigualdades sociales en nuestro suelo que se tornará ya completamente irreversible, además de injustas. ¿Acaso alguien cree, para volver sobre el tema del racismo, que las personas de todos los colores de piel tendrán igual oportunidad de sobresalir a la hora de realizar inversiones privadas? ¿Qué los flamantes empresarios privados no reproducirán y reforzarán estereotipos y discriminaciones contra mujeres, negros, mestizos, jóvenes, personas con sexualidades no heteronormativas, portadores del VIH, residentes de las provincias menos desarrolladas y un largo etcétera? Y no contamos ni siquiera, todavía, con una ley contra las discriminaciones que pudiera auxiliar a los de abajo.

 

La ignominia de una situación así sobrepasaría cualquier colmo, y revelaría lo bajo que han caído los ideales revolucionarios por acá. Las personas trabajadoras invirtieron aquí sus vidas, sus esperanzas, sus años mejores y peores, en empeños de producción y economía para una sociedad más justa. Claro está que, bajo el sistema totalitario y burocrático, las mejores inteligencias y esfuerzos no encontraban estímulos. La eficiencia y la productividad cayeron irremisiblemente, por más experimentos y consignas políticas que se concibieron. Las potestades autonómicas de la gestión productiva y administrativa, en manos de los colectivos de trabajadores, hubieran podido revertir este marasmo, pero fueron siempre negadas, por las políticas de centralización y monopolio estatal. ¿Ahora se ofrecerán estas prerrogativas, simplemente a cambio de una jugosa cantidad de divisas?

 

No debe ser nunca la posesión de dinero, sino el ingenio, el esfuerzo, el sudor de músculos y mentes en el trabajo creador, lo que garantice potestades de ese tipo. Todas las personas trabajadoras tienen a su alcance la inversión de estos valores humanos, sin falsos igualitarismos, con verdadera justicia, hacia un verdadero socialismo. Estos caudales inmateriales han de ser lo que efectivamente le granjee el respeto, la autonomía y la prosperidad a cualquier individuo y colectivo. En cualquier fábrica, taller, institución, la reproducción material y espiritual de este país, estará mucho mejor servida siempre por la autogestión y el control de quienes allí laboran y forjan la nación cotidianamente.  Bajo principios cooperativos y autonómicos, con libertad para superar cada obstáculo y proponerse metas superiores, a su manera y bajo su responsabilidad, no habrá límites para el desarrollo de las ansiadas fuerzas productivas. Estos mecanismos democráticos, horizontales y liberadores, son los únicos que señalan el camino para el incremento de la producción material y espiritual, para el crecimiento del bienestar bajo el socialismo.

 

17 de agosto de 2014

Unos niños muy ignorantes jugando con paquetes muy peligrosos

Primer escenario:

 

El portal Cubasí, específicamente, par de artículos del intelectual oficialista Jorge Ángel Hernández (JAH). JAH proclama abiertamente su desprecio por el pueblo, por el “vulgo”, al cual considera como poco más que un tumulto de chiquillos consentidos e ignorantes. Sus recientes escritos abordan el tema de una mercancía hija de estos tiempos, el llamado “Paquete” cuya popularidad, considera, es una prueba más de la inmadurez de ese pueblo. El Paquete, para los no enterados, consiste en un combo de películas, seriales, musicales y programas de participación y variados, casi todos estadounidenses, descargados de la Internet. Viene compuesto, adicionalmente, por una miríada de artículos de la prensa internacional. Este combo se reparte semanalmente, vía unidades de memoria USB u otro soporte informático, entre los interesados. Su costo es una cantidad drásticamente más barata que el precio de la Internet en las calles cubanas.

 

JAH considera que este Paquete es la última herramienta del imperialismo estadounidense para subvertir la política en Cuba. Que su arraigo en el público demuestra la necesidad de que éste sea educado y conducido más estrechamente por las personas “leídas y escribidas”(*) –como él, obviamente. Estos programas, afirma, vienen cargados del más perverso veneno ideológico, propagador de los vicios del consumismo de las sociedades capitalistas enajenadas. JAH se queja también del acto de piratería que esta actividad representa. Las reacciones contrarias de los lectores y comentaristas a sus opiniones le reafirman a JAH sus opiniones sobre lo perdido que está el ciudadano cubano y la urgencia de intervención por parte de una autoridad ilustrada.

 

A este JAH no hay por dónde cogerlo, en realidad. En su trabajo hay más contradicciones que espinas tiene una tenca. La televisión cubana reproduce alegremente la mayor parte de los programas del Paquete, y eso no le parece un acto de piratería. Asimismo, su trasmisión por las antenas del ICRT (**) parecen tener el efecto mágico de despojar esos mismos programas del veneno que contienen cuando circulan informalmente. Ah, y si uno es un potentado de los que pueden pagar los precios oficiales del Estado cubano por la Internet, entonces parece que se adquiere la necesaria inmunización y se puede ver todo eso sin problemas. El baldón último que nos restriega JAH es nuestra supuesta inmadurez por no percibir y acatar su superior entendimiento.

 

Segundo escenario:

Voy al mercado de las calles 5ta y 44, en Playa, por una necesidad doméstica. Es pleno verano, y agencias turísticas cubanas usan el espacio para promover sus opciones comerciales. La propaganda es la más trivial: vaya a nuestros hoteles, mire qué bien la va a pasar, cómo va a poder consumir.

 

Unos niños con el atuendo de la compañía teatral La Colmenita montan un numerito de baile y actuación en un rincón de la explanada. Unas bocinas amplifican el audio y la animación. El conductor, sin el menor pudor, combina el acompañamiento al grupo artístico con la propaganda de las compañías comerciales presentes. Estoy seguro que JAH no encontraría nada incorrecto en este espacio, que no le llamaría a esto “promoción del consumismo”, ni manipulación de menores de edad para magnificar las ganancias de compañías mercantilistas.

 

Tercer escenario:

 

El ex – ministro de economía cubano José Luis Rodríguez (JLR) se mantiene como una figura influyente y respetada en los círculos políticos locales. Ha producido para el órgano Cuba Contemporánea la serie de artículos “Cuba y la compleja transformación de la empresa estatal”, reproducida en Cubadebate.

 

Al final de la tercera parte de esta serie, se une a la corriente de los que defienden la profundización de las reformas de mercado y capitalistas para el país. Dice JLR que debe dársele cabida a empresas mixtas con el sector no estatal. Esto de “no estatal” es el eufemismo corriente del oficialismo para evitar el delicado término “privado”. También sostiene Rodríguez que debería abrírsele espacio a la participación social en los flujos de remesa del extranjero. Interpreto yo que esto es una manera de repetir que las personas con esos recursos deben poder invertir en las empresas, en la economía cubana, como un inversor “normal”, como un capitalista común y corriente.

 

Se une JLR a una amplia lista de opinadores, tanto dentro del oficialismo como en la oposición, y fuera y dentro del país. Estos consideran que para que el país progrese, deben profundizarse las reformas de mercado aplicadas hoy a medias. Que el avance de la economía, de la productividad y la eficiencia, se magnifica proporcionalmente a las prerrogativas de los empresarios y los capitalistas. Y que el grupo de los capitalistas locales debe recibir semejantes derechos a los que ya tienen los extranjeros. Porque eso redundará, al final, en un mayor bienestar y prosperidad para toda la población.

 

¿Dónde hemos oído antes esas promesas? Yo recuerdo: en los procesos neoliberales que redistribuyeron la riqueza del mundo  a la inversa de Robin Hood. Lo experimentado acá sigue las mismas líneas generales: un grupo limitado, con ventajas de capital, relaciones, etcétera, ha acaparado medios de producción, poder económico e influencias, gracias a las –aún limitadas– reformas de mercado conducidas por el gobierno de Raúl Castro. Su nivel de vida se eleva, correspondientemente, en dirección a la de las élites del primer mundo. En cambio, la masa mayor de la ciudadanía ve reducidas sus capacidades de prosperidad porque se le retiran subsidios; se les limitan facilidades e instalaciones educativas, deportivas y culturales; se les despide de sus centros de trabajo o se les reducen sus derechos laborales. Las desigualdades sociales se disparan, y la población negra lleva la peor parte, al profundizarse la discriminación en los sectores más remuneradores como el turismo.  Claro, que cuando la élite de poder económico, político y financiero es además dueña de los medios masivos de divulgación, pueden crear una imagen de “opinión común” de que todo lo anterior es el mejor de los mundos posibles. JAH continúa entretanto sus diatribas contra el Paquete, sin que todo lo anterior parezca molestarle.

 

En fin, que oficialistas y opositores están de acuerdo en desarrollar más el capitalismo en Cuba. Las contradicciones solamente existen en que unos se benefician mucho, desde hace tiempo; y otros no están contentos por no poder acceder más al pastel.

 

(*) “Leida y escribida”, cubanismo para denotar una persona muy culta y erudita

(**) Instituto Cubano de Radio y Televisión

12 de agosto de 2014

El director del aeropuerto está preso y no lo sabe

Prácticamente todo el mundo está al tanto de la prohibición de ingreso a las instalaciones del aeropuerto internacional José Martí, de la capital cubana, para los acompañantes de los viajeros. Al menos, de los cubanos acompañantes de los viajeros, porque me pregunto si alguien detiene a los extranjeros que se acercan por motivos semejantes de recibir o despedir a otra persona. El hecho es que hasta el director del aeropuerto salió, muy ufano, en el periódico oficial Granma, para dar una “explicación” de la impopular medida.

 

Lo que ha pasado mucha gente por alto, hasta el director de marras, es que con sus palabras se hace reo confeso de una de las más campantes violaciones de la legalidad constitucional cubana de los últimos tiempos. Puede que sea tan simple como que un ciudadano acuda a un bufete con la edición de ese día del periódico, y que entonces un tribunal se vea obligado a proceder legalmente contra el sujeto.

 

Ah, no solo con la edición del periódico. Nuestro hipotético ciudadano con preocupación cívica debe llevar también un ejemplar de la Constitución cubana, la vigente, aprobada en 1976, reformada en la década de 1990 y de nuevo a principios de siglo XXI. Habrá quien señale que es una Constitución abusada y violada a placer del gobierno cubano mismo, pero va y un tribunal despistado se la toma en serio.

 

Habrá que señalarle al tribunal, entonces, un artículo muy claro, clarito. Dice el artículo 43, que “el Estado consagra el derecho conquistado por la Revolución de que los ciudadanos”, sin distinciones discriminatorias, “tienen acceso”, según sus méritos a todos los cargos y empleos; ascienden a todos los cargos y jerarquías; van a todas las escuelas, instituciones de salud, y son atendidos en todos los restaurantes y demás establecimientos de servicio público.

 

Pues sí, compañeros y compañeras, dentro del área –hoy restringida– del aeropuerto internacional José Martí hay varios establecimientos gastronómicos y de venta de pacotillas que caen en esa clasificación. Y el director eliminó el acceso de los cubanos a estos sitios, sin dejar siquiera un pasillito de entrada y salida para salvaguardar el derecho que recoge la Constitución. Por lo tanto, este director es un enemigo del Estado que se compromete con respaldar ese derecho y es, este director, un contrarrevolucionario, porque le bloquea a los compatriotas derechos que se establecen conquistados por ese proceso de la Revolución del que se habla en la Carta Magna.

 

Es verdad que el que prohibió el acceso de los cubiches a los hoteles hace un tiempo, sigue libre y feliz. Como dije ahorita, una esperanza es que aparezca un tribunal de personas jóvenes que no se acuerden de aquella época, que crean todavía que la Constitución –y los derechos que ésta recoge– es parte de la patria que debemos defender, ya sea del imperialismo extranjero o de un déspota local con poder para hacer cosas como violar los dichosos derechos. Y a falta de ese tribunal, otro más grande aunque algo más lento, el de once millones de cubanos, le pasará la cuenta más tarde o más temprano.

 

22 de julio de 2014

El lenguaje idealista como herramienta de la reacción (II Parte)

Los fenómenos apenas esbozados al final de la parte anterior de esta entrega son los que consolidan la mentalidad de que la persona triunfadora es aquella que se eleva en poder económico y de consumo por sobre sus semejantes, sin importar mucho los medios empleados para llegar allí. Estos mismos fenómenos –a los que habría que oponerse– constituyen los más draconianos obstáculos al florecimiento de valores propios de una sociedad en sus antípodas. Como manifestaciones de capitalismo que son, fomentan la enajenación social; el consumismo como medio de intentar escapar de la frustración que representa permanecer del lado estrecho del embudo; la naturalidad del presumir los más altos estatus de consumo, de fama mediática, etcétera, como medio de una deseable ascensión social. Estos (anti)valores son funcionales a ese tipo de sistema, y se retroalimentan con él.

 

Las personas cuyas profesiones se asocian con el mayor valor humano, como la medicina o el magisterio, en este tipo de sociedad quedan sujetas a los mismos condicionantes que todas las demás. Tendrán una trascendencia y se harán de una valoración en la medida en que respondan al criterio de éxito predominante, que requiere alto poder adquisitivo en el mercado para satisfacer sus necesidades materiales, recreativas, espirituales, etcétera. No vivirán, pobrecitas, en una campana de cristal, protegidos del resto del mundo profano. Su capacidad para potenciar conductas, éticas y estéticas progresistas quedará muy limitada por el reducido reconocimiento de estas corrientes.

 

Es fácil para los intelectuales oficialistas acomodados llamar a la paciencia y a esperar que, con el éxito de la política económica del gobierno, mejore la situación hasta que estas personas puedan recibir una recompensa material y espiritual proporcional a su sacrificio y, mientras tanto, seguir con la inmolación. Estas tesis se desmoronan, como era de esperar, tanto en el choque con la realidad inmediata cubana como frente al análisis crítico basado en la ciencia y la historia de esta civilización.

 

Cada año, se repiten las comparecencias de los políticos, del presidente para abajo, que reconocen resultados desesperantemente pobres de la gestión económica; cada escena de estas repite el guión de la anterior, como para terminar de convencer hasta al más optimista de los Cándidos de que el alivio no está cerca. Y a continuación, aparecen nuevas medidas a favor del mercado, soluciones para darle más espacio al capital pequeño, mediano y grande, de adentro y de afuera. Pero es sobradamente sabido que las soluciones que capital y mercado ofrecen, pueden hacer crecer en última instancia a la macroeconomía; pueden permitir a una élite social prosperar, pero no sostienen ni hacen progresar sistemas universales prósperos de servicios sociales básicos como educación y salud. El gobierno nunca se atreverá a responder cuestiones como esta: ¿cuántos centros educativos se han cerrado ya en todo el país, en nombre de las famosas políticas de racionalización y ahorro? ¿Cuántos centros de salud? ¿Qué pasó con los programas de trabajadores sociales?, entre tantas otras que se pueden plantear.

 

¿Qué puede concluirse, además, de la observación de sociedades mucho más desarrolladas que la nuestra en eso de sostener una economía “próspera y sustentable” de acuerdo a criterios técnicos característicos del mercado y el capital? Que ni siquiera en estas se puede elevar mucho la pujanza de servicios sociales universales y al alcance de todos, ni mucho menos, la prosperidad y el prestigio y, por lo tanto, el papel de paradigma de quienes trabajan y se dedican a estos sectores de sacrificio y entrega humana. Los ejemplos de huelgas y protestas de personal médico y educativo, por bajos salarios, malas condiciones de trabajo, etcétera, se suceden en el sector público (el que está al alcance de los menos favorecidos en esas sociedades) de muchos de estos países que son mucho más “prósperos y sustentables” que nosotros, de acuerdo a esos criterios tecnocráticos y economicistas. La privatización y mercantilización de estos sectores es el precio de la “prosperidad sustentable”, con alguna que otra excepción en Finlandia o Noruega. Ups, se me olvidaba, Noruega ha pasado a ser un mal ejemplo, “otanista” según el criterio de Sánchez, así que tal vez solo Finlandia.

 

Independientemente de que es posible gestionar más inteligentemente una cantidad limitada de recursos, el impacto inmediato, y duradero y a largo plazo, es el sentimiento de abandono y traición que el ciudadano siente por parte del Estado. La moraleja que se establece, es que lo que perdurará será aquello relacionado con la ganancia, a nivel individual, lo que cada cual sea capaz de “luchar”, en lugar de todo aquello que implique esfuerzos en pro de bienestares colectivos. La justificación de las autoridades y las promesas que hacen son las mismas que nos acostumbramos a repudiar cuando se producen en regiones tradicionales del neoliberalismo.

 

Existe una salida socialista en este laberinto, pero requiere de un valor y una voluntad revolucionaria, ausente del poder local. Se trataría de democratizar todo este tipo de decisión y gestión económica nacional. Requeriría de transparencia presupuestaria y administración colectiva, donde todas las voces tengan iguales derechos y cada ciudadano tenga potestades republicanas y un voto para decidir los sacrificios a asumir; los proyectos a consumar; las leyes para dirigir todo el proceso y la manera de redistribuir lo disponible. Incluso en condiciones materiales poco prometedoras, la unidad de las personas en pro del tantas veces aplazado futuro luminoso, podrá surgir una vez que se sepan capacitadas e igualmente empoderadas para trabajar por él. Como no va a surgir nunca esta unidad, tan esencial para el cultivo de una cultura de convivencia progresista, es en un escenario donde las empresas e instituciones del Estado –que son aún la mayor fuerza del país– constituyan bloques monopólicos, más concentrados en defender sus egoístas pedacitos que en reconocerle derechos a los endebles ciudadanos/consumidores. Y encima, generando nuevas leyes que refuerzan sus posiciones, por más impopulares que resulten y más aprieten a las personas con iniciativas desde sus propios esfuerzos y comunidades. Las prohibiciones sobre las salas de cine 3D, las jugarretas de las telecomunicaciones con ETECSA y sus precios, las regulaciones aduanales y muchas otras, dan fe de lo que referimos.

 

Sin el cabal análisis y comprensión de la sociedad que se consolida en este país, la discusión sobre valores, principios y cultura es un ejercicio estéril. Y la que se consolida, repítase y entiéndase bien, es una sociedad basada en relaciones de explotación; una donde la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de las personas se produce de manera proporcional al poder adquisitivo de esta persona frente al mercado, o de ciertos prebendas otorgadas por el poder político. Los productos artísticos y culturales que son connaturales en este ambiente, típicamente reducen las relaciones amorosas a la reducción del otro a un objeto sexual para la satisfacción de las fantasías del protagonista, o la novela rosa donde una persona pobre asciende merced a un éxito en negocios o en su carrera personal o, más frecuentemente, merced a una relación sentimental con una persona rica. Este tipo de producción cultural y espiritual es el más apto para el consumo económico de las masas y, a la vez, las mantiene predispuestas favorablemente para la continuidad de todo el sistema. Es el que naturalmente se reproduce en el cine y la televisión de los países “normales”; es el mismo que viene en el “paquete” que tanto molesta a Jorge Ángel Hernández; y es el mismo que se reproduce acá, sin muchos escrúpulos, en nuestros mismos centros culturales, emisoras de radio y televisión, sin que nadie se escandalice porque, al final, responden a una realidad de reproducción material que es a la que parece resignada y hasta termina despertando el entusiasmo en nuestra sociedad.

 

Estos productos, que tanto molestan a nuestros filósofos idealistas, son entonces el fruto que produce el olmo, ese árbol donde no crecen las peras. Uno esperaría verlos molestos con el olmo y atacarlo desde la raíz y el tronco, o por lo menos sembrar otros árboles distintos, en vez de elevar protestas esperando las nunca producidas peras. Las historias y los triunfos de colectivos de personas solidarias; el reflejo artístico del avance de la cooperación y  la felicidad del desprendimiento; del crecimiento de las personas en base a la integridad del carácter; las contradicciones de una posible historia amorosa entre personas embebidas de los principios de un ambiente de igualdad social, son frutas de esos otros árboles.

 

Para cuestionarse el auge y combatir los (anti)valores, hay que combatir los elementos funcionales que los engendran. No basta con bonitas declaraciones sobre lo hermoso de la gracia y la misericordia en el plano de lo abstracto, que no combaten los problemas de raíz y, por lo tanto, les dejan libre el paso. Habrá que ponerse del lado, definitivamente, de las fuerzas por la autogestión obrera, por el control de los trabajadores sobre los medios de producción y de política del estado. Sin embargo, la autogestión y el control obrero se rechazaron ya desde los años de la década de 1960 porque los trabajadores “no estaban maduros” para ello. La plena y real  democracia socialista, que consistiría en la administración política pública y en igualdad de toda la ciudadanía, tampoco está en los planes de quienes prefieren mantener la hegemonía de una autoproclamada vanguardia ilustrada sobre el vulgo al que le corresponde trabajar, aguantar y ser disciplinado. Y encima, le arrojan el escarnio de que el igualitarismo ahora se ha vuelto malo, y hay que aprender que las crecientes diferencias sociales  son buenas. Habrá que ver cuáles, entre las diferentes posiciones en discusión, son más favorables al progreso de esos valores tan hermosos del ser sobre el tener, del aportar sobre el apoderarse, de la felicidad de ofrecer al prójimo aquello que esperamos aporte a la felicidad de todos como seres humanos.

 

Habría que preguntarse cómo personas aparentemente tan ilustradas como los filósofos oficialistas cubanos de hoy caen en los sofismas de ensalzar cultura y espiritualidad “socialistas” sin la correspondiente concreción de realidades revolucionarias. Tristemente, numerosos ejemplos históricos ofrecen posibles explicaciones. Esta derivación al idealismo filosófico, este abandono de la filosofía marxista, ha constituido sistemáticamente una introducción al abandono definitivo y la traición de las posiciones socialistas previamente proclamadas. El desdén por el papel de las relaciones de clase, el de las fuerzas productivas y de los conflictos que emergen de las relaciones de producción en el origen y desarrollo de los valores espirituales de las sociedades, es sucedido por el posicionamiento abierto del lado del capital, y en contra de las clases trabajadoras. El vocero estoico e idealista termina maldiciendo a la plebe ignorante, por ser de baja estofa, malagradecida, e incapaz de apreciar que el verdadero paraíso –el que les toca– no está en las mansiones y yates de los ricos sino en ciertos tipos de humildad, resignación y trabajo duro en las empresas de los patrones. Mientras el momento de la mutación final se acerca, la prédica del humanismo superficial les permite mantener un lustre “progre”, al tiempo que una prédica agradable a los oídos del poder que los mima, mientras se sirve de ellos para terminar de instalar el capitalismo en nuestra sufrida tierra.

19 de julio de 2014

El lenguaje idealista como herramienta de la reacción (I Parte)

En los últimos años se ha podido presenciar este fenómeno al que me quiero referir. Incluso quienes carezcan de autoridad en materias filológicas y no sean, como yo, más que aprendices de marxistas, pueden notar la aberración. En los medios públicos, el discurso político oficial, medios de prensa y televisión, y en los espacios de los pensadores oficialistas como blogs o columnas de los tabloides circulantes, predomina un lenguaje que tiene poco que ver con una concepción revolucionaria marxista.

 

Este panorama se evidencia mejor, en aquellas discusiones y arengas que pretenden reflexionar sobre los temas de valores sociales y culturales, modos de vida y de consumo, relaciones sociales y demás dentro de esos géneros. Dicho de una manera intencionalmente simplificada, con este tipo de discursos los exégetas del establishment están muy dedicados a dominar los espacios de reproducción cultural, espiritual, y de convivencia social, o sea, los que lubrican la continuidad de la reproducción material del sistema.

 

Cualquiera que haya seguido, por ejemplo, las crónicas de Enrique Ubieta en su publicación de La calle del medio –también concentradas en sus libros como el reciente Ser, tener, parecer– puede apreciar cómo estos filósofos son animados por un intenso fervor. Este sentimiento los conduce a encendidos discursos contra algunas manifestaciones de consumismo; contra ciertas presentaciones de espectáculos públicos y mediáticos, y en defensa de determinados ideales o actitudes que se entienden como altruistas y opuestas al egoísmo. Muchos párrafos producidos por Ubieta, por su colega Iroel Sánchez, y otros escritores, en abstracto, no suenan mal. Todo el mundo estima grandemente, o dice estimar, a Teresa de Calcuta.

 

En esta línea, estas personas marchan y recontramarchan sobre la posibilidad de desarrollar una “cultura socialista”, a pesar del hecho de que estamos envueltos en una cultura que emana de condiciones capitalistas en la reproducción material de la sociedad. En nuestras condiciones de partida, existe el consenso, no se ha desarrollado todavía un polo socialista próspero, sustentable, y generador de su propio entramado cultural y espiritual; luego, afirman aquellos, es necesario desarrollar esa cultura, dar impulso a la formación del hombre y la mujer nuevos, con estos valores que no imiten a los de los lobos sino a otros animales, digamos, un poco mejor valorados. Y esa cultura y espiritualidad habría que buscarlas desde las condiciones realmente existentes en nuestra Cuba contemporánea, donde tampoco se ha desarrollado ese sistema socialista en pleno y donde la persona “nueva”, que lamentan ver en boga, es más bien el modelito ideal del neoliberalismo; poco crítico, ansiosa de prosperidad material a cualquier costo, objeto maleable de cualquier poder hegemónico con grandes recursos mediáticos.

 

El abordaje de estos personajes, sin embargo, padece de una honda y potencialmente perversa falencia, y representa un retroceso de 150 años en materia de la filosofía revolucionaria que se supone que se defiende en estos terrenos. La pose romántica de estos empeños ignora tesis elementales del marxismo y del materialismo, y termina al mismo nivel que cualquiera de esos discursos “bienintencionados” de los capitalistas “con rostro humano”; de los filántropos dentro del occidente, desde los tiempos de la revolución industrial hasta nuestros días. Evidentemente, nuestras élites gobernantes y sus exegetas han hecho suya la corriente filosófica hegemónica en el mundo occidental “normal”, que considera las doctrinas del marxismo y el materialismo dialécticos como poco más que reliquias jurásicas. Nadie quiere ponerse tal sambenito, y las voces de pensadores marxistas auténticos y persistentes, como Fernando Martínez Heredia o Desiderio Navarro, constituyen aisladas excepciones.

 

En principio, yo podría coincidir con Ubieta et al en que aquellos poderes hegemónicos imperiales son malos, muy malos. Sin embargo, estimo que poner solamente lo espiritual o cultural en el centro de la palestra constituye un retroceso hegeliano de la mayor conveniencia para esas mismas fuerzas hegemónicas, en tanto desbrozan el camino de las reformas reaccionarias que mantienen el curso de la sociedad cubana hacia el sistema de mercado internacional, o el simple capitalismo.

 

Si no existe ese centro socioeconómico socialista, que constituya por sí mismo y del cual emane naturalmente una cultura y unos valores superiores a los capitalistas, la solución no puede ser invertir la relación que Marx enderezó hace tanto tiempo y pretender construir el edificio empezando por el tejado. No hay que ser un albañil para saber que esto no es factible; por la otra parte, unos pensadores que se aprecian de defender el socialismo debían conocer un poquito mejor el ABC de esta filosofía.

 

La prédica de valores comunistas, del desprendimiento altruista, del sentido de proyecto colectivo, etcétera, puede ser muy bonita, aún cuando parta de personas dichosas, con conexión libre a Internet, refrigerador lleno, vehículo propio y otras diferencias significativas con el cubano de a pie. Sin embargo, estos valores no constituirán nunca una masa fraguada y creciente, en las condiciones de una sociedad donde lo que predomina son las condiciones de explotación, de libre mercado y de sálvese el que pueda de la sociedad capitalista. En la sociedad capitalista, la superestructura cultural, espiritual e ideológica predominante será siempre la opuesta, la de la ambición, el egoísmo, la de acaparamiento de poder y riquezas en una estrecha élite y la reducción de las masas al consumismo, embrutecedor y enajenante. Si usted desea los valores de izquierda, usted debe ser consecuente y propulsar, para el esfuerzo principal, la transformación revolucionaria de la reproducción y la base material.

 

El paradigmático cubano José Martí no se sentó en un pedestal a predicar, como manera de derrotar al régimen colonial, el desarrollo de los valores culturales y espirituales del republicanismo. Martí contó con los valores republicanos existentes para hacer una revolución, concreta, y también espiritual, pero con una primera etapa muy práctica de derrotar, por medios tan radicales como los de las armas, el modelo conservador existente. La sociedad republicana que aspiraba a instaurar, sería la mejor incubadora de más y mejores valores republicanos.

 

Hoy en día, se puede y se debe rechazar el derramamiento de sangre para conseguir triunfos revolucionarios. Lo que no se puede es creer que aquellos valores de una sociedad revolucionaria (altruismo, solidaridad, el ser por sobre el tener) van a prevalecer per se en un medio conservador. Tales valores, dentro del medio conservador, son apenas privilegio de una cantidad de personas determinada por factores formativos de conciencia bastante excepcionales. Sin embargo, estos valores sí pueden alimentar una gesta que transforme ese medio, hasta otro que ofrezca a todos los seres humanos la capacidad de abrazarlos.

 

Si vamos a hablar de los valores espirituales, humanistas o culturales del comunismo, como tanto le gusta a Ubieta y compañía, vamos a plantearnos las condiciones materiales bajo las cuales florecen la cultura, el humanismo y la espiritualidad. Vamos a reivindicar las condiciones de libertad para la clase trabajadora, la libertad de producir bienes u ofrecer servicios a la sociedad solo compulsados por el reconocimiento de la necesidad. Esto es, por libertad coordinada horizontal y democráticamente; sin explotaciones, sin dominaciones, sin relaciones de poder asimétricas por causa de posesión de medios de producción o de divulgación de ideas; sin el predominio político de unos grupos de personas sobre otros, sin costumbres discriminadoras patriarcales, o por violencias de género o políticas y hábitos racistas ni de ningún otro tipo.

 

Vamos a cuestionarnos profundamente, incito yo, en qué medida construimos hoy una sociedad en Cuba que favorezca el florecimiento de esos valores que todos decimos apreciar. Es posible que no todos los que han hablado mucho hasta el momento vayan a seguir adelante a partir de este punto. Se requerirá, para ello, condenar el fomento de las relaciones de explotación disfrazadas de cuentapropismo, cuando no se trata de otra cosa más allá que de la contratación privada de mano de obra que no es más que explotación por parte del dueño de una finca, de un restaurant u otro tipo de negocio de la empresa privada. Habrá que cuestionar a fondo el auge de una inversión extranjera que adquiere derechos de explotación de los trabajadores cubanos.

 

El mismo modelo de empresa estatal, ciento por ciento, cumple igualmente un rol de retroceso al profundizarse las reformas actuales del gobierno cubano. Del esquema paternalista se deriva, en la medida y la velocidad que el gobierno puede lograr, en un modelo donde la principal prioridad son la productividad y la eficiencia, y las potestades de los administradores y la subordinación de las personas empleadas son semejantes a los equivalentes en sus pares del mundo capitalista declarado. En pro de concretar ganancias, la propaganda comercial de productos de estas empresas se extiende alegremente por nuestras plazas, con toldos, sombrillas y carteles que incitan al consumo de productos como cigarrillos Holliwood y bebidas alcohólicas como las cervezas Cristal y Bucanero y el ron Legendario. Del otro lado, instituciones antaño favorecedoras de políticas sociales y humanitarias, son objeto de las alegres tijeras presupuestarias. De esta manera, se refuerza el estereotipo de que, para ser exitoso, para ser reconocido, para tener garantizadas las condiciones de vida, hay que ser un consumidor pudiente. Con la actual política del gobierno cubano, por la misión que este le ha planteado a su base productiva y financiera de formar un sistema “próspero y sustentable” a través, básicamente, de categorías económicas del capitalismo, esa es la evolución inevitable.