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7 de noviembre de 2016

¿Hay una crisis de valores en Cuba?

Con frecuencia escucho o leo sobre una presunta crisis de valores de nuestra Cuba contemporánea, y generalmente me producen las mismas náuseas. Repasemos algunos hechos bobos que meritan, por lo menos, repensar un poco las alternativas.

En el Archivo Histórico de la ciudad de Trinidad, el documento más antiguo que se conserva es el de un proceso penal. En las primeras décadas tras la colonización de Cuba por España, cierta autoridad fue acusada de corrupción, contrabando y ese tipo de actividades sin autorización del Rey, que nos resultan tan familiares.

Una serie de personajes célebres de la época de la Colonia, que han sido llamados patricios, prohombres y fundadores de la Patria, eran connotados dueños de esclavos. En este saco caen Francisco de Arango y Parreño, Domingo del Monte y unos cuantos notables más. Según algunos estudiosos, esos personajes pudieran haberse inventado la famosa obra fundacional de la literatura cubana, el Espejo de Paciencia. Con toda tranquilidad, la epopeya narrada en este Espejo soslaya cuidadosamente los reflejos de relajito y contrabandeo que se gastaban los vecinos de Bayamo –otra de las primeras Villas del país.

Una de esas Católicas Majestades calculaba, al contar los dineros gastados para elevar las fortificaciones habaneras, que tan onerosos edificios debían verse desde su balcón, en el palacio en Madrid. Administradores, ingenieros, constructores, se conchababan alegremente para engordar los bolsillos. Otra vez sucedió que un rey de aquellos envió a un hombre de su confianza para poner orden. El serio personaje llegó, y los súbditos fieles  le regalaron –o sea, los más potentados que hicieron la ponina– un ingenio azucarero con toda su dotación de esclavos, con el nombre propicio de Amistad.

Memoria de la Vagancia en la isla de Cuba se titulaba una obra destacada de aquellos tiempos. José Antonio Saco sugería en ella, remedio para las “enfermedades morales” como el juego y el alcoholismo. De paso, el ilustrado criollo llamaba a poner coto a la “desgracia” que le suponía que creciera una clase de personas de piel negra, con cierta prosperidad por sus emprendimientos en artes y oficios.

En fin, en eso pasaron las guerras de independencia, la intervención, y se fundó una República, con sus avances… y sus “problemitas”. El segundo presidente, el general José Miguel Gómez, era conocido con el sobrenombre de Tiburón. Se baña, decían sus muchos admiradores, pero salpica. Así daban a entender que el popular caudillo le permitía a sus seguidores que imitaran, a menor escala, sus trapacerías con el dinero público.

Poco después de que el edificio del Capitolio fuera terminado, una mano misteriosa robó el diamante que marcaba el kilómetro cero de los caminos del país. La identidad del ladrón nunca fue descubierta, pero la célebre joya “apareció”, solita, en un despacho de un funcionario.

Un proxeneta se convirtió, durante varios años, en un personaje de gran popularidad de aquella sociedad. Alberto Yarini encarnaba los ideales del macho, del próspero emprendedor, de la fama y el glamour, con sus dominios -para nada subterráneo- sobre prostitutas y otros negocios turbios. Tras resultar asesinado por un rival, recibió honras fúnebres multitudinarias.

El Partido Comunista en aquella época era –como tantos de Latinoamérica– socio fuerte del Comintern. Y tuvo unas ideas antológicas. Por ejemplo, el más famoso y aborrecible de los dictadores que habíamos tenido hasta el momento fue derribado por una huelga general. El Partido no la había convocado ni dirigía su mayor parte. Sin embargo, durante el apogeo de dicho levantamiento le ofreció, al tal dictador, aplacar el proceso, a cambio de la legalización y el reconocimiento político.

En cuanto a los prejuicios sociales, los avances no ocurrían sino muy lentamente. Entre las personas se establecían injustas diferencias, a partir de factores como el género, el color de la piel, la orientación sexual y la religión que se practicaba, entre otras. Tales discriminaciones eran aceptadas ampliamente por aquella sociedad que tan frecuentemente se nos quiere poner como una referencia a rescatar. Pero yo no le acepto lecciones de moral a nadie que entienda como correcto y justo que, en las áreas públicas, las personas tengan áreas separadas según su color de piel.

Los hombres de negocios estadounidenses mejor recibidos eran los Santos Trafficante, Mayer Lanski y sus colegas mafiosos, con sus ofertas de prosperidad e inversiones en garitos de lujo. El último partido político de aquella época en ganar cierto prestigio, el Partido Ortodoxo, tenía como emblema una escoba. Con ella, evocaba la idea de barrer con todo el desprestigio del resto del cuerpo político.

La Revolución de 1959 generó muchas novedades. Y entonces encontramos otros fenómenos. Demasiadas familias permitieron que la política –más bien, la conveniencia– rompiera lazos que hubieron de valorarse mejor. El miedo en algunos casos, pero también el oportunismo en otros muchos, llevó a numerosos creyentes a disimular espiritualidades compartidas por Frank País y José Antonio Echeverría [1].

Al pasar algunos años llegó otra época, recordada con nostalgia hoy en día, por cierta prosperidad material que llegó a insinuarse en la sociedad cubana, y relativamente mejor repartida que en tiempos anteriores. Aquella abundancia estaba basada en los pilares, totalmente endebles, de los masivos subsidios soviéticos. Lo de ser reacio o reacia a trabajar y producir tampoco ocurrió tan recientemente como dicen: en aquel entonces, se inventó lo de traer tomates de Bulgaria y cosas parecidas.

Por disfrutar de las partes más gordas de aquellas vacas, se alimentaban instintos sumamente bajos. Con verdaderas cacerías de brujas a lo McCarthy, pero contra el lado contrario. ¿Se acuerdan, de cómo se denunciaba la “debilidad ideológica”? La imagen de la corrección político-social era prácticamente la misma que la de los burguesitos pacatos de occidente, temerosos de los hippies y aborrecedores de la música rock. De esa misma época fueron ciertos sonados escándalos de fraude masivo en importantes universidades, con ribetes de películas de artes marciales. Eso, si no consideramos que el fraude mayor era el promocionismo practicado masivamente, por indicaciones superiores y subordinados acomodaticios. Si esos fueran los valores que hemos perdido, pues vayan con viento fresco.

En aquella época también se robaban los recursos del Estado, pero se controlaba muy poco y siempre los rusos mandaban más. Así que pasaba inadvertido y, además, ¿para qué arriesgarse a algo ilegal? Simplemente, muchas veces se coordinaba con el jefe correspondiente adecuado y este mismo los regalaba a sus conocidos. Por cierto, en cuanto a artículos de uso y consumo, tampoco había tanto que robar, y se podía adquirir con cualquier salario que te dieran por hacer como que trabajabas.

En fin, que hoy la ciudadanía humilde cubana hace lo que ha podido hacer siempre, sobrevivir y tratar de pasarla bien, de las pocas maneras que ha aprendido a hacerlo o están a su alcance. Sin preocuparse mucho de la moral de las élites, desde que aquellas solo se preocupan de que dicha moral se les aplique a los demás, como mismo han hecho siempre.

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[1] Líderes del movimiento revolucionario, caídos durante la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista.