tags: energía nuclear, contaminación, accidentes industriales, combustibles fósiles, ecología, medio ambiente, carbón, petróleo, Isla de las Tres Millas, Chernobil, Fukushima, Prestige, Exxon Valdez, Selendang Ayu, COSCO Busan, COSCO Full City, Deep Water Horizont, Statfjord, Montara, Chevron
Sí, porque se está haciendo un poco repetitivo esto de oír acusar a la industria nuclear, particularmente las centrales eléctricas, de todos los males imaginables; de que nos amenacen con terribles peligros desencadenados por horrorosos accidentes que nos atenazarán las gargantas, y de los que solo podremos escapar desarmando hasta la última tuerca de los malvados reactores nucleares.
Los sucesos de Fukushima, no es que hayan inclinado la balanza, sino que fueron utilizados por el cabildo antinuclear para propinar una soberana paliza a estas formas de energía en la mayor parte de Occidente. Curiosamente, todavía no han enterrado a una sola víctima de la central atómica en sí, cuando la cifra de las víctimas del terremoto y maremoto que sacudieron aquella central llegó a decenas de miles en todo Japón. Esto no es obstáculo para que la industria nuclear vuelva a vestir el sambenito de la más peligrosa y mortífera.
Si se aprecian con un mínimo de objetividad las otras formas de procurarse energía que tiene la humanidad, veremos que no es tan así. Si se desea hablar con propiedad de peligros de accidente se deben tomar en cuenta, obviamente, los sucesos de la Isla de las Tres Millas, Chernobil, y ahora Fukushima. Ahora, veamos una brevísima relación de otros sucesos que también se deben tener en cuenta.
Empezemos por la industria del carbón. Con gran facilidad encontramos en Wikipedia, una lista de desastres relacionados con esta actividad (
http://en.wikipedia.org/wiki/Mining_accident), todos con un extenso inventario de fallecidos y lesionados.
Empecemos en los USA, y tomemos solo los sucesos más recientes. En el 2006, entre Kentucky y Virginia Occidental, 72 mineros perdieron sus vidas. En el 2010, una explosión subterránea causó la muerte de otros 29, en la Upper Big Branch Mine, de nuevo en Virginia Occidental.
En Sudáfrica, par de accidentes en 1983 y 1993 costaron las vidas de 64 y 53 personas, respectivamente, en las regiones de Zulu Natal y Mpumalanga.
Al menos 108 muertos se reportan por la explosión de la mina de Ulyanovskaya, en Kemerovo, Rusia. Una explosión anterior había matado 38 mineros en Yubileynaya en mayo del 2007. Otros 66 muertos, 99 heridos y 24 desaparecidos fue el recuento tras las explosiones en Raspadskaya.
En China, que produce aproximadamente el 35% del carbón del mundo, se producen también la mayor parte de los accidentes y las víctimas fatales. Solamente en el 2006 hubo más de 4 700 fallecidos por estas causas.
¿Todavía seguimos creyendo que la industria nuclear es la más insegura? ¿O que son cosas del pasado o de países subdesarrollados?
En 1992, en Canadá, 26 mineros perecieron tras la explosión de una mina en Plymouth, Nueva Escocia. En la mina de Beaconsfield, Australia, en el 2006, 16 obreros escaparon por un pelo después de un derrumbe, falleciendo uno de sus camaradas. En Francia, Bélgica y Gran Bretaña, afortunadamente, no se han producido grandes desastres en los últimos decenios, si bien el luto no ha escaseado históricamente en las familias de los mineros. El 19 de noviembre del 2010, 29 neozelandeses perdieron su vida en el desastre de la mina de Pike River.
Ah, pero con la industria nuclear es distinta. En esos accidentes del carbón, pobrecitos, se mueren los pobres muchachos pero la contaminación no golpea a los residentes en las áreas circundantes.
Bien, vamos a mirar otro panorama entonces: la lista de los derrames de petróleo. Anticipemos que no cabe en varias páginas, como no cabría tampoco la relación de las consecuencias negativas para la vida y la actividad económica. Los nombres de barcos Prestige, Exxon Valdez, Selendang Ayu, COSCO Busan, COSCO Full City, etc., encabezan una lista de desastres ambientales de proporciones mayúsculas, con monumentales derrames de hidrocarburos. A esto sumemos los sucesos de las plataformas petroleras Deep Water Horizont, la planta estadounidense que estalló en el golfo de México con saldo de decenas de muertos y heridos y un derrame salvaje que le puso los pelos de punta al litoral sur de los USA durante entre abril y julio del 2010; la noruega Statfjord y su siniestro en diciembre del 2007; la plataforma australiana Montara, que entre agosto y noviembre del 2009 contaminó medio mar de Timor; los desastres de la Chevron en Ecuador y Brasil, con demandas judiciales por daños masivos humanos y ecológicos, y ceremillar de ejemplos más. En cuanto a los oleoductos, cada mayor productor ha hecho titulares negativos varias veces, desde Canadá hasta la India, desde Namibia hasta Rusia, con el derrame de muchos, pero muchos miles de toneladas de hidrocarburos tóxicos, envenenando aguas, tierras y aires, flora y fauna y ecosistemas en conjunto, y provocando de paso un número incómodo de víctimas fatales.
Ah, pero es que estos sucesos ocurren tanta frecuencia que dejan de ser noticia, para mayor demostración de que sus estándares de seguridad no son ni remotamente, tan rigurosos como los de las electronucleares. Aún así, los representantes de las industrias de los combustibles fósiles se alegran de tener en el empleo del uranio, a un alter-ego contra el cual se dirijan las mayores invectivas. Todo esto, sin contar el infausto registro de guerras y conflictos avivados por los intereses de las grandes compañías petroleras. Tal vez por ser, la mayoría de estas víctimas fatales, infelices habitantes del Tercer Mundo, nativos poco visibles a los ojos del hombre blanco "civilizado"…
¿Se limpian más rápido los desastres de los combustibles fósiles que los de la industria nuclear? Qué idea tan ingenua. La industria nuclear procesa y encapsula y guarda sus desechos en depósitos subterráneos de alta seguridad, de donde se pudieran volver a sacar en un momento para reprocesar y utilizar la energía todavía latente en ellos, en alguna de muchas ventajosas posibilidades. La industria del combustible fósil suelta sus desechos a la atmósfera, a las aguas, a la tierra, alegre y despreocupadamente. En las cenizas de una planta termoeléctrica de carbón, por cierto, hay una cantidad de radiactividad –concentrada en esas cenizas a partir de los radiosiótopos presentes en el carbón natural quemado– que, según cálculos, sobrepasa sustancialmente la que se encuentra alrededor de las electronucleares, así que si vamos a preocuparnos por los cánceres, leucemias y esas cosas terribles, replanteémonos cuidadosamente cuál se debe cerrar primero.
Y finalmente, el calentamiento del clima y todas esas realidades ambientales devastadas por la emisión de gases de efecto invernadero… El descongelamiento del Ártico y los glaciares, la amenaza de que con el fenómeno homólogo en Groenlandia y la Antártida, el creciente nivel del mar engulla decenas de kilómetros de costas, tierra adentro, con islas y países enteros incluidos… El aumento de los fenómenos atmosféricos extremos, díganse sequías y huracanes, con sus secuelas espantosas de hambrunas, inundaciones, muertes, etc…
De verdad, me cuesta trabajo entender que alguien que se diga ambientalista, prefiera combatir primero el uso de la energía nuclear, y cerrar los ojos indulgentemente frente al empleo cotidiano de combustibles fósiles. En realidad, lo mejor que le puede pasar a este apolismado planeta, es que lleguemos pronto al pico y decline de la producción de petróleo. Eso, si no les da por sustituirlo por más carbón.