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1 de noviembre de 2012

Tiempos de ciclón

Eiquetas: alimentación, autoorganización, bloqueo, burocracia, cooperativismo, corrupción, Cuba, ecología, impuestos, meterorología, Rogelio M. Díaz Moreno
 
Todavía nuestro machacado país va a permanecer un buen tiempo conmocionado por las secuelas del huracán Sandy. El siniestro evento ensombreció las vidas de muchos cubanos de muy mala manera. Las personas que piensan en restañar heridas, reconstruir vidas y seguir adelante no dejarán de unir, al trabajo de recuperación, las interrogantes y los anhelos relacionados con las formas de enfrentar las amenazas, disminuir sus efectos y superar luego las afectaciones reversibles –las vidas perdidas, lamentablemente, ya no son recuperables.
 
Se puede decir que no se esperaba la magnitud de daño que se constató después del paso de Sandy. Uno guarda la impresión de que las instituciones involucradas en la Defensa Civil han trabajado con mayor eficacia en eventos anteriores, cuando se han presentado huracanes de mayor intensidad y que han recorrido mayores trayectos por el territorio nacional. Se cuenta con una historia muy meritoria en esta esfera, y nuestro país ha sido paradigma de organismos internacionales en el enfrentamiento de estas catástrofes naturales así que, aún cuando los fallecidos en nuestra patria por Sandy hayan sido poco numerosos en comparación con otras naciones –incluso otras de mucho mayor desarrollo– fueron más que en otras ocasiones, y queda la rabia y la frustración de que se podía haber hecho una mejor prevención.
Por ejemplo, se puede constatar que cuando la llegada del meteoro era inminente, tan solo se declaró la Fase Informativa, como consta en la página de noticias nacionales del diario Granma del día 24 de octubre. Como sabrá el lector cubano, tenemos una fase de mayor nivel de acción, la de Alerta Ciclónica, que no llegó a establecerse. Al día siguiente, 25 de octubre, ya el huracán había pasado y se declaraba la Fase de Recuperación. Lo que pasó no puede remediarse, pero sí servir de experiencias para el futuro, para el que esperamos que los esfuerzos de prevención estén a la altura que se extrañó en esta última ocasión.
 
No es ocioso remarcar que las alteraciones climáticas que ha provocado la acción humana, con la emisión de gases de efecto invernadero, han hecho más probable la aparición de fenómenos meteorológicos más salvajes y amenazadores. Ojalá se pueda avanzar en la conciencia de este fenómeno y la necesidad de revertirlo sin lecciones tan amargas como la de estos huracanes.
 
Ahora cabría añadir un par de consideraciones sobre las condiciones de recuperación. En condiciones excepcionales se hace más urgente avanzar "sin pausas", pero también con algo más de prisa, en la implementación de políticas que alivien las situaciones de penuria. Luego de restablecidas las condiciones básicas –agua corriente, electricidad, transporte, etc.– la población va a enfrentar las mismas carencias previas al huracán –alimentación, vivienda–, con el añadido de las afectaciones de Sandy. Se pueden transformar varias condiciones que no ayudan en la solución a los problemas de estas esferas.
 
Por ejemplo, todo el que ha leido los periódicos oficialistas ha encontrado cómo se pierde, año tras año, cosechas de varios tipos ya obtenidas en los campos, sin culpa de ciclón alguno. Los mecanismos de Acopio son peores que los ciclones, en ese sentido. Ninguna de las reformas, ensayadas en sus estructuras en los últimos años, ha sido capaz de evitar esto. Y si dejar perder alimentos en tiempos sin ciclón es una acción –para mí– criminal, equivalente a cualquier acto contrarrevolucionario, ahora, después de lo que ha pasado, ya no creo que se encuentren palabras que lo describan correctamente. Yo recuerdo como el vicepresidente cubano Marino Murillo soltó en una sesión de la Asamblea Nacional que a Acopio había que "volarlo en pedazos". ¿Qué tal si empezamos ahora? Reconózcase la necesidad de respetar la libertad para todas las cooperativas y pequeños agricultores, de comercializar libremente toda aquella parte de su producción que el Estado no sea capaz de recoger a tiempo. Impórtese de forma expedita la maquinaria necesaria para recoger productos como el arroz, y déjese en manos de productores u otros agentes interesados en hacerlas producir sin tanto trámite burocrático.
 
En el orden urbano, acábese de reconocer la necesidad de surgimiento y foméntese las cooperativas de producción y servicios como las de albañiles y otras de apoyo a la familia y la vivienda. Foméntese la creación, asimismo, de cooperativas de consumidores, que pueden relacionarse de manera simbiótica con las de productores. Por ejemplo, tres familias que no puedan costearse viviendas por separado, podrían tal vez costearse una construcción de tres pisos. Si este ejemplo no es feliz, estoy seguro que podrán encontrarse muchos más que sí lo sean.
 
Otra cosa que se puede hacer, y que muchos claman, es la restauración de la exención de impuestos aduanales para los productos alimenticios. Esto se implementó ya una vez en ocasión, justamente, del paso de otros ciclones. Aquí vale la pena entroncar con la política de hostigamiento del bloqueo estadounidense, que dificulta las relaciones comerciales de nuestro país con el mayor mercado del mundo, lo que objetivamente constituye también un obstáculo para las labores de recuperación. Tanto la política de impuestos aduanales como la del bloqueo son inmorales en estas circunstancias, y ambas deben ser repudiadas. Claro que, al gobierno estadounidense, me es un poco más difícil pedirle explicaciones o reclamarle obediencia, porque no soy ciudadano de ese país ni voto en sus elecciones, pero a mi gobierno sí le puedo exigir que  escuche y acate la voluntad de su pueblo.
 
En realidad, las personas en la región afectada son las que mejor saben cómo se les puede ofrecer un mejor apoyo, así que déjeseles expresar sus criterios y oigamos sus voces con la mayor atención y respeto. No se trate de poner camisas de fuerza a iniciativas de solidaridad que surjan espontáneamente en el resto del territorio nacional. Más bien respétense y facilítense donde quiera que nazcan, por parte de quien sea que diga estar dispuesto a dar una mano sin quebrantamiento de la ley.
 
Finalmente, hay una manera de garantizar la distribución cabal y honesta de los recursos asignados centralmente para las zonas afectadas, que es mejor que la de poner a cualquier cantidad y variedad de agentes inspectores, fiscales, contralores o los que sean. Si se conoce de manera pública y transparente cuánto se destina a cada objetivo, por las manos de quiénes pasa cada bien y a quién está destinado, difícilmente pueda darse ninguna de las desviaciones que, tristemente, conocemos que se producen por parte de muchos corruptos que medran en las cadenas verticales y secretistas de administración de las cosas. No hay mejor inspector que el pueblo, pero para que este tenga éxito, tiene que tener esa información. Si esto no se concreta, ya veremos la repetición de viejos capítulos de fraudes y aprovechadores de la desgracia ajena.
 
Sirva el mínimo esfuerzo que representa este escrito, para solidarizarnos con el heroico y generoso pueblo de las provincias orientales cubanas, así como el del resto de las provincias que fueron también duramente azotadas por los flagelos de los ciclones tropicales, la burocracia nacional y el enemigo imperialista.