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31 de marzo de 2012
Que alguien me explique
28 de marzo de 2012
Cuba, la Iglesia y los derechos


27 de marzo de 2012
Para ayudar a cambiar la Constitución (II)
Un comentario de una amistad contiene una duda razonable, esto es, por qué concentrarnos en introducir modificaciones a la Constitución en vez de hacer respetar la actual. No cabe duda que un gran problema, de los muchos que hemos arrastrado, consiste en el desacato eventual de los preceptos del gran documento, pero todavía creo que el esfuerzo por reforzar su preeminencia no debe excluir su actualización.
En breve, pienso que no es posible ni deseable lograr que la Constitución en su forma actual, pueda ser seguida al pie de la letra, dadas las nuevas realidades que enfrentamos. Especialmente se puede evidenciar en el asunto de la necesidad de expandir el espacio a la iniciativa privada, que implica el reconocimiento a relaciones de producción de patrón-asalariado con una dosis inevitable de explotación de la fuerza de trabajo; ello es incompatible con más de un par de artículos, pero por un largo rato no se podrán revertir estas áreas de economía capitalista, así que lo mejor es reconocerlas y tratar de integrarlas lo mejor posible al proyecto general. Y para que todo cuadre bien, lo mejor es que la Constitución lo recoja y cuadre con ella, para no partir de una imposibilidad de base que ya lastre toda ulterior posibilidad de encajar lo que va y lo que no va. En otro orden de cosas, como se sabe, se pueden aprovechar los avances en las teorías y prácticas sociales y políticas, relacionados con los derechos de las personas y el modelo de nación a que se aspira, permiten redefinir y perfeccionar conceptos para progresar en esos campos.
Entremos en el meollo, entonces. Por acá tengo el volumen de la Constitución editada y vendida en el 2010. La he llenado de marcadores; aunque no pienso ir detallando o siguiendo excesivas formalidades, que para eso me falta, además, una formación en Derecho. Uno expone sus modestas ideas en la forma sencilla en que lo sepa hacer.
El artículo 3 del Capítulo 1, para empezar, tiene la famosa acotación producto de la reforma del 2002 o 2003; esa que afirma que el socialismo que ha resistido toda la maldad del mundo y ha demostrado que es lo más justo, novedoso y transformador que hay, por lo tanto se torna un sistema político y social y revolucionario irrevocable y que no volverá al capitalismo. La aplastante mayoría de los cubanos firmamos la llamada Iniciativa de modificación constitucional que dio pie para introducir este precepto, ante una convocatoria urgente efectuada a nombre de las organizaciones de masas. Ya regresaremos luego sobre este punto.
Es que esto del socialismo está muy relacionado con el tema de la propiedad de los medios de producción y no permitir la explotación del hombre por el hombre, cosa que está plasmada en el artículo 14. Dice este que todo el pueblo tiene la propiedad socialista sobre los medios de producción y se suprime la explotación del hombre por el hombre. El punto candente está en la mencionada ampliación, en Cuba, del sector de la economía privada, que introduce inevitablemente esta explotación con el apropiamiento de la plusvalía del empleado por parte del patrón. Hasta hace poco, se podía señalar tal vez que la apropiación de la plusvalía ocurría en las corporaciones con capital extranjero, pero ahora ya entra de lleno el capitalista nacional. Y si hay, al menos, cierta medida de capitalismo y de explotación, entonces se destruyen los cimientos de este artículo 14 y, de paso, aquello del carácter irreversible en el 3. En fin, un lío.
Para no resignarnos a hacer de la Constitución una declaración bonita pero intrascendente, no queda más remedio que ajustarla, porque la realidad no admite virar para atrás, a corto plazo, el papel del pequeño empresario capitalista cubano y explotador. Entonces, pienso que se debe reformular a tono con un sentimiento, que emane obviamente del consenso popular. En mi muy particular caso yo establecería en el artículo 14, algo así como que el sistema de economía socialista, al que se aspira, se basa en la propiedad socialista de los trabajadores sobre los medios de producción. De los trabajadores, no de todo el pueblo, porque no me interesa que los vagos sean codueños. Además, cuando digo que los trabajadores son dueños de una empresa, me refiero a los trabajadores de esa empresa –y sus jubilados–, no a los del trabajadores del otro lado del país que no tienen nada que ver, ni los funcionarios burócratas en una lejana oficina ministerial. El dueño de una finca es el campesino que la trabaja, y eso es socialismo y es bueno. Los dueños de las tierras y equipos de una cooperativa de producción agropecuaria en Mayabeque son los socios de esa cooperativa y no los campesinos de Camajuaní. Los dueños de la fábrica de sombreros de Guamuta, que sean los sombrereros de Guamuta.
El detalle de decir que ese es el sistema al que se aspira es para dar pie a reconocer que, dado el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, no se puede aún excluir la existencia de relaciones de producción no socialistas, esto es, el que haya empresas privadas. Así sean pequeñas, son privadas y son capitalistas y se basan en la explotación de la plusvalía. Bueno, pues existen, y no podemos prohibirlas ni enterrar la cabeza como el avestruz. Entonces el artículo habrá de reconocer esta necesidad, y dejar claro que el ideal de la nación es que aumente paulatinamente la preponderancia del sector socialista y a ello el gobierno le dedicará sus esfuerzos, celosamente. El sector privado, cumplirá las funciones que se conciban compatibles con los principios económicos generales: generar algunos empleos, productos o servicios sujetos al plan general; estarán obligados a ofrecer a sus empleados derechos laborales plenos; cumplir las leyes, ofrecer garantías suficientes a los consumidores y ese tipo de cosas; se le respetarán la propiedad, la libertad de empresa dentro de esos límites y así por el estilo. Al que no le guste, que no se meta a empresario privado sino que funde, en su lugar, una cooperativa.
Los tozudos hechos, hemos visto, son entonces los que han dado al traste con la famosa irrevocabilidad del sistema socialista del artículo 3. El sector de la economía privada, según lo programado en los planes del Gobierno, va a continuar su sustancial crecimiento durante los próximos años. En el mejor de los casos, tendremos un sistema mixto donde se mezclarán las formas de propiedad socialistas, estatalistas y privadas. Así que sin renunciar a la expresión de los deseos en el texto de la Carta Magna, hay que atemperarlos con la realidad.
Yo pondría en este lugar, para aportar mi humilde opinión, algo así como que la aprobación de la nueva Constitución, demostrará que el pueblo Soberano tiene la voluntad de construir un sistema socialista; que se adaptan las modalidades y ritmos de construcción de ese sistema a las condiciones objetivas del momento y, a la vez, se trabaja para transformar revolucionaria y dialécticamente esas mismas condiciones objetivas, para acelerar positivamente el proceso, con métodos y principios científicos que no violan las leyes sociales del desarrollo de las naciones o, en última instancia, que permiten corregir rápidamente los errores detectados.
En este o en algún otro lugar valdría la pena explicitar lo siguiente, aunque para muchos resulte obvio; esto es, que cada Constitución aprobada es producto de unas circunstancias históricas y unas generaciones específicas. Por lo tanto, en el futuro aparecerá la necesidad inexorable de transformarla. Desde el presente, es punto menos que imposible prever en qué dirección desearán o necesitarán efectuar tales transformaciones –aunque yo tengo un angelito marxista que me susurra al oído que sí es posible, pero solo le hago caso parcialmente. En todo caso podemos plasmar, en cada versión, recomendaciones para nuestros descendientes. Las recomendaciones, a mi modesto entender, contendrían estos principios de sentido común, derechos humanos y democráticos tales como hoy los entendemos: no demorarse más de lo necesario en entender la necesidad de los futuros cambios, más la necesidad de que toda decisión que se tome, que afecte a la nación, se efectúe por consenso de la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas, y que nunca resulte en el perjuicio de los seres humanos de los grupos menos favorecidos.
Y para cerrar una entrega ya demasiado larga y mantener el suspense hasta la próxima, acabo aquí esta parte. Quedan montones de ideas por desarrollar en esto de actualizar la Constitución –el papel de las organizaciones políticas, la sociedad civil, los temas de género, los aspectos ecológicos, las relaciones del Estado con las religiones, etc.; ya veremos para cuánto me alcanzan las energías.
23 de marzo de 2012
Da la Benedicta impresión
19 de marzo de 2012
Para ayudar a cambiar la Constitución
17 de marzo de 2012
Bubuscopio Pascuence
12 de marzo de 2012
Donde se habla de la explotación del trabajo asalariado, los Estados y otros demonios
Tags: Cuba, explotación de trabajo asalariado, socialismo, Programa del Moncada
La sensacional conferencia de Aurelio Alonso en el evento "Pensamos Cuba" de estos días puede, una vez que se divulgue lo suficiente, dar mucho de qué hablar. A raíz del fomento a la economía privada que toma forma en nuestro patio, yo he montado una matraca sobre los efectos corrosivos que introduce la explotación de trabajo asalariado en una sociedad que se precia de socialista, y no perdí la oportunidad de preguntarle al reputado filósofo su opinión, en el debate subsiguiente a su exposición.
La respuesta añadió todavía más leña al fuego que el orador ya había prendido. El ponente subrayó que estaríamos viendo no más que una extensión de esa explotación del trabajo asalariado, puesto que los empresarios privados no harían más que lo mismo que ha venido haciendo el Estado Gran-dueño de Todo. Como para abrasarnos con más inquietudes, nos preguntó a los presentes –miembros de la Asociación Hermanos Saíz– si alguno de nosotros se sentía "dueño" de Antillana de Acero; si teníamos alguna idea de por dónde se hallaba la productividad de esa empresa o sobre cómo incrementarla; si nos preocupaba el no saberlo o si alguien nos lo había reprochado alguna vez. Evidentemente, Antillana de Acero no puede ser mucho de nuestra propiedad pero, entonces, ¿a quién pertenece?
Así que el problema de la explotación de trabajo asalariado que tanto me importuna no va a venir con un cambio muy sustancial por el hecho de que el dueño de Antillana sea Clitemnestra Pla, Tibor Galárraga o un Estado al que no le preocupa compartir su administración conmigo. Todavía no fuera tan grave, si esta exclusión fuera conmigo y otros igualmente ajenos a las peculiaridades del procesamiento del hierro y el carbono; lo desastroso es que se excluye toda iniciativa de autogestión o cogestión del colectivo obrero que labora en la empresa de marras, los que sí llevan trabajando en ese puesto décadas, que le saben al asunto un montón y que, según la Constitución, son también dueños de ese medio de producción. Esos trabajadores simplemente están ahí, sujetos a la dirección de los cuadros designados por autoridades superiores; entregando su fuerza de trabajo a cambio de un salario y generando plusvalía que se queda en el Estado.
Empresas estatales hay también en países capitalistas, miembros radiantes de las instituciones financieras internacionales de la economía del libre mercado. Los obreros de esos centros son, obviamente, explotados por la clase capitalista de sus naciones, si bien a través de mecanismos un poquitín diferentes que cuando el dueño directo es, pongamos, Warren Buffet o Carlos Slim.
De regreso a este socialismo o proyecto de socialismo, sobre el que ahora muchos repiten que es "un error" pretender saber cómo es, se hace evidente que no se debe confundir la socialización de la propiedad con su estatización. Si los trabajadores necesitan un Estado para la etapa de transición al régimen de libertad, igualdad, fraternidad –y justicia social y dos o tres cosillas más– el Estado tiene que diferir sustancialmente de los otros capitalistas. Aquí ya me lanzo a elaborar yo mis propias disquisiciones, saliendo de las palabras del ponente. Poca diferencia habrá si el Estado nuevo subvenciona servicios de educación y salud, porque algunos capitalistas también lo hacen. El Estado tendría que pertenecer realmente, y servir, y responder, y acatar la voluntad de los trabajadores libremente expresada; no pretender estar por encima y por delante de ellos, que lo tendrían que seguir entonces "incondicionalmente", "disciplinadamente", "conscientemente", para usar los términos más conocidos. Eso, en lo que se va extinguiendo el Estado.
Porque un par de cosas, pésele a quien le pese, sí se saben sobre las necesidades que tiene la etapa de transición a una sociedad socialista y, entre ellas, esa de la paulatina extinción del Estado. El que lo dude, después de acudir al más básico ABC del marxismo –aquel que se supone que conozcan todos los disgustados con el capitalismo y que anhelan su superación– puede entonces leerse la intervención de Fidel Castro conocida como Palabras a los intelectuales . Otra cosa que también se sabe, es aquella de la transformación de las relaciones de producción, tal que el trabajador ya no labore por un sueldo y deje al empleador que sea la plusvalía creada con su fuerza de trabajo, sino que algún otro mecanismo sea el que media entre su aporte a la sociedad y la satisfacción de sus necesidades.
En lo que llega ese mañana primoroso, hay que tener en cuenta que hay que irlo construyendo hoy. Si no, nunca llega. Entonces, ¿qué tal empezar por aquella letanía de autogestión, cogestión, cooperativización? Para mí, será siempre mejor que cerrar el centro y despedir a los trabajadores y empujarlos a emplearse con los capitalistas extranjeros o nacionales en ciernes, o privatizar lisa y llanamente la empresa de marras. El salario tiene que ir transformándose. ¿Cómo? Tal vez podría comenzarse compartiendo una fracción consensuada de las ganancias de las empresas (que sean capaces de obtenerlas) con los trabajadores, que así se sentirían mucho más motivados a ser eficientes y productivos y combatir la corrupción que a través de discursos y llamados políticos a la conciencia. A lo mejor no hay que ponernos a inventar el agua tibia ¿Qué tal si echamos un vistazo a las propuestas conocidas? Digamos, el programa del Moncada: "La tercera ley revolucionaria (a ser promulgada de haber triunfado rápidamente el alzamiento del 26 de julio de 1953) otorgaba a los obreros y empleados el derecho de participar del treinta por ciento de las utilidades en todas las grandes empresas industriales, mercantiles y mineras, incluyendo centrales azucareros". Dijo el mismo Fidel de ahorita, en La Historia me absolverá.
Díganme ustedes.
6 de marzo de 2012
El sindicato, el periódico y la maravilla del trabajo asalariado por cuenta propia sin contradicciones
Pero resulta que a algunos nos parece que esta preocupación carece de un componente esencial. Todos los medios oficiales se pierden la oportunidad de analizar la cuestión de la persona, con licencia de trabajador por cuenta propia, que está contratada por otra en "igual" situación. Y eso que hasta el nombre les queda raro. Ni el empleado puede ser "por cuenta propia" si está en la empresa de un patrón, ni a este le queda bien aquel traje cuando es todo un pequeño empresario. Habrá quien crea que el asunto todavía no es para tanto, que no afecta a tantas personas ¿cómo puede saberlo, si no es tan fácil dominar las verdaderas cifras? pero, en cualquier caso, al estar previsto que en cuestión de algunos meses, más o menos, millón y medio o más compatriotas dejen su empleo estatal racionalizado, vamos a tener al lobo, bien crecidito, delante, muy pronto.
Y no me interesa ocultar mi disgusto, ante la consolidación del único tipo posible de relaciones de producción entre Dueños de Medios de Producción –unos más apabullantes y otros menos– y Dueños de Nada excepto su Fuerza de Trabajo: la explotación del trabajo asalariado, como se sabe de manera diáfana e incontestable desde los tiempos fundacionales del marxismo, sin importar con cuánta palabrería se adorne o distorsione esta realidad.
Quienes sacan provecho de esta situación siempre van a tener bellas palabras para adornarla, u oportunos silencios para ignorarla. Así hemos visto desde quien niega el carácter de explotación de este trabajo merced a ciertas políticas estatales de subvención universal de educación y salud –loables, pero sin relación con el asunto– hasta quien se enfoca, como en los materiales citados, en cuestiones numéricas, de mercados, o de negociaciones tributarias entre el Estado y titulares de licencias específicas. Estas últimas son valederas, naturalmente, pero remarcan más aún mi preocupación por lo que suceda en el interior de los nuevos minicentros de compraventa de fuerza de trabajo, cuando el empleado o la empleada piensen en vacaciones, maternidades, problemas de salud...
Allá va eso entonces. ¿Quién puede afirmar que estos no son sino viveros para pequeños capitalistas? ¿Quién puede hallar otra lógica en una relación donde tú haces lo que yo quiera, porque te pago un salario que necesitas para vivir y no tienes otra, y yo me quedo con la mayor parte de las ganancias que genera tu trabajo porque para eso soy el dueño del restaurante, de la finca, del tallercito mecánico con el torno –artesanal y todo, pero lo tengo yo y no lo tienes tú– y además soy el titular de la sacrosanta licencia?
Yo no voy a pretender ahora, está bien, que hayamos superado en nuestro desarrollo un punto que nos permita dejar atrás esas situaciones. En el año 1968 se cometió ese error de ingenuidad, voluntarismo o como lo quieran llamar, y miren que la desgraciaron. Pero de ahí a aceptar que sean una ganancia, va un largo trecho. Acoger cándidamente al pequeño capitalista le abre las puertas al grande; y sostener que con su buena voluntad va a resolver el problema del empleo le va a regalar la posibilidad de realizar "contratos basura", de despedir a los descontentos cuando le dé la gana o no le den tantas ganancias como las que aspira. En fin: pragmatismos tecnocráticos ciegos a fundamentos de justicia social y coqueteos con la filosofía del libre mercado para "salvar" a la patria… solavaya.
Una organización sindical que se precia de seguir el liderazgo de un partido político marxista debería desarrollar un poco más analítica y críticamente el enfoque de los fenómenos del trabajo que tiene entre las manos. De hecho, el mismo partido debería ser el más involucrado a la hora de reconocer con valentía y profundidad las realidades que han regresado. Reconocer los tozudos hechos como lo que son, es el primer paso para desarrollar mecanismos de compensación políticos y sociales que compensen la retirada obligada y rescaten, en la conciencia y en lo material, otros caminos de avance hacia el objetivo de una sociedad fundamentada en el bienestar y el trabajo colectivo, y no en el egoísmo y la explotación de seres humanos por sus congéneres. Eso, se si pretende ser consecuente con el credo comunista.
En la inevitable contradicción restablecida al abrir la puerta al empleo de trabajo asalariado por cuenta capitalista, estado, partido, y sindicatos deben escoger de qué lado van a estar. En dependencia de la postura que se asuma en esa elección crucial, podrá evidenciarse quién apoya a una refundación del socialismo bajo bases democráticas modernas y quién defiende un taimado regreso al capitalismo disfrazado con algunas prebendas populistas.