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16 de julio de 2015

Sobre el Unipartidismo. Un comentario acerca de las tesis de Rogelio M. Díaz Moreno

NOTA DEL EDITOR
El siguiente artículo NO REPRESENTA el criterio del colectivo Observatorio Crítico. Pero apareció como respuesta a un material de un miembro de nuestro colectivo (Rogelio Díaz), publicado con anterioridad, planteando el debate correspondiente. Luego Díaz (o sea, yo) trabajó (trabajé) en un nuevo artículo en respuesta a la respuesta de Farber. Para que se pueda entender todo el asunto, consideramos que hacía falta publicar lo dicho por el señor Samuel Farber. Después de todo, en Cuba ha salido hasta por la televisión nacional, la intervención del ex presidente de los EE.UU, James Carter, en la Universidad de La Habana recomendando “lo bueno” del capitalismo. En fin, éste es el material de Farber. Las críticas o los elogios que estimen convenientes los lectores, se los dedican a él.
El artículo respuesta de Rogelio Díaz (el mío) saldrá en breve en este mismo sitio.
Decidir entre opciones es válido, pero una vitrina como de una tienda no siempre contiene la libertad. Imagen tomada de datuopinion.com
El artículo de Rogelio Díaz sobre el tema de los partidos suscitó esta respuesta de Samuel Farber. Imagen tomada de datuopinion.com
Sobre el Unipartidismo. Un comentario acerca de las tesis de Rogelio M. Díaz Moreno
Por Samuel Farber*
I
En Cuba el multipartidismo es un tema muy controvertido con el que muy pocos críticos de izquierda del régimen cubano han querido lidiar. Es por eso que le agradezco a Rogelio M. Díaz Moreno su artículo “La izquierda y el multipartidismo en Cuba. Una mirada clasista” que apareció recientemente (en dos partes) en la Red Observatorio Crítico. Es para profundizar en ese tema que aquí expongo los siguientes comentarios a dicho artículo.

Vayamos por partes: En primer lugar, la abolición del unipartidismo cubano no es la misma cuestión que el sistema político que lo reemplazaría, tenga este muchos o ningún partido político. En realidad el PCC no es un partido -lo que implicaría la existencia de otros partidos- sino un monopolio político, social y económico de la sociedad cubana. Este monopolio -refrendado por la Constitución del país- se basa, entre otros mecanismos autoritarios, en el control de la sociedad cubana a través de las así llamadas organizaciones de masas que funcionan como correas de transmisión de las decisiones tomadas por el PCC. La CTC, por ejemplo, es la correa de transmisión que le permite al estado cubano mantener su monopolio de la organización de los obreros cubanos. Creo que Rogelio y yo estamos de acuerdo que los obreros (y el resto de los cubanos) deben tener el derecho de organizarse independientemente del PCC para así poder luchar p or sus intereses lo que necesariamente implica la abolición del sistema de partido único y de las organizaciones de masas como las correas de transmisión de ese partido.

El sistema imperante en Cuba parece ir en vías de una transformación, que probablemente se va a acelerar después que los lideres históricos de la revolución hayan fallecido, al modelo de capitalismo de estado de estilo sino-vietnamita bajo la dirección del PCC. Por lo tanto, aunque las circunstancias históricas cambien significativamente, la necesidad de que el sistema de monopolio de partido único con sus correas de transmisión sea abolido continuará en vigor.

Los partidos politicos modernos comenzaron en el siglo diecinueve a medida que se expandió el sufragio y que sectores de la clase gobernante, al sentirse amenazados, se organizaron políticamente para defender sus intereses de clase, típicamente en partidos liberales, conservadores y a veces cristianos. Han habido ocasiones en que los partidos gobernantes representaron a una sola y a toda una clase social, como sucedió en various períodos con los Tories en Inglaterra. Pero lo que históricamente ha sido mas frecuente es que diferentes partidos representen a diferentes sectores de la clase gobernante. Liberales y conservadores no solo representaron conflictos materiales dentro de las clases gobernantes, como por ejemplo los intereses de los grandes terratenientes contra los de los nuevos capitalistas industriales, sino también conflictos ideológicos de origen pre-capitalista sobre el rol y poder de la Iglesia Católica en la sociedad.

Aparte de representar intereses de sectores de las clases gobernantes, estos partidos también incorporaron a sectores intermedios de la sociedad, como profesionales independientes y pequeños comerciantes, y trataron de cooptar anhelos y luchas populares de manera que no amenazaran los intereses fundamentales de los poderosos. En muchas ocasiones, los llamadas estratos y clases medias también organizaron sus propios partidos políticos especialmente en sistemas parlamentarios con representación proporcional que históricamente han propiciado la creación de numerosos partidos. En la historia política de Cuba, tenemos el caso del Partido Ortodoxo fundado por Eduardo Chibás, un partido basado principalmente en las clases medias pero con un creciente apoyo multiclasista. El hecho que este partido aceptara implícita o explícitamente al capitalismo cubano, no quiere decir que era una expresión o tenía una relación orgánica con las clases gobernant es.

O sea que históricamente hablando la relación entre clase y partido no ha sido unívoca; la clase gobernante no es un monolito y generalmente no ha sido representada por un solo partido. Ciertamente, este tambié ha sido el caso con la clase obrera, cuya representación ha sido asumida por partidos tan diversos como los social demócratas, los comunistas y los social cristianos. En el caso de la social democracia en su etapa clásica cuando representaba a la clase obrera a través de sus estrechos lazos con los sindicatos, sus crecientes tendencias conservadoras no eran de índole meramente ideológicas sino representaban también el desarrollo de la burocracia sindical cuando esta, basada en el poder que habían adquirido los sindicatos, tuvo la posibilidad de extraer concesiones, a veces significativas, de las clases gobernantes. Estas concesiones ayudaron a desmobilizar a los obreros y de esta manera solidificaron a una burocracia más preocupada p or proteger sus copiosas inversiones en la infraestructura sindical que en arriesgarlo todo en pos de un rompimiento de tipo revolucionario (como en la Europa de la primera postguerra) o en resistir al belicismo imperialista (1914). Esta fue la historia de la muy poderosa y supuestamente marxista y revolucionaria (puesto en duda por Max Weber antes que Lenin se diera cuenta) Social Democracia alemana cuyo modelo burocrático-oligárquico fue retratado por el sociólogo italo-alemán Roberto Michels en su clásico Partidos Políticos.
Con respecto al partido bolchevique de Rusia: aunque tanto el estalinismo como los apologistas de la guerra fria en el mundo occidental mantuvieron el mito de que no hubo diferencia alguna entre los Bolcheviques y los estalinistas, muchísimos historiadores (Stephen Cohen, Alexander Rabinowitch y William Rosenberg entre otros) han demostrado que ese partido revolucionario en realidad fue, antes del proceso de degeneración burocrática que comenzó con la guerra civil de 1918-1920, bastante pluralista y democrático. Entre muchísimos ejemplos, puedo citar el hecho que aunque líderes bolcheviques como Kamenev y Zinoviev se opusieron a la revolución de octubre, continuaron siendo importantes líderes del partido después de la revolución, y que aunque Bukharin públicamente adoptó y agitó por una línea radicalmente opuesta a la de Lenin con respecto a la paz de Brest-Litovsk en 1918, permaneció como dirigente del partido por muchos años después. Lejos de la “unidad monolítica” defendida por los hermanos Castro, los Bolsheviques se caracterizaron no solo por la pluraridad de posiciones, sino por una tendencia crónica al faccionalismo que generalmente no obstaculizó la “unidad en la acción”. Es por todas estas razones que hace casi 80 años León Trotsky en La Revolución Traicionada criticó duramente la teoría estalinista sobre los partidos y las clases sociales que trataba de justificar el unipartidismo:

En la realidad las clases son heterogéneas; se desgarran por antagonismos internos, y obtienen la solución de sus problemas communes solamente a través de la lucha interna de tendencias, grupos y partidos. Es posible, con ciertas reservas, admitir que un partido es parte de una clase. Pero -dado que las clases tienen muchas partes-, algunas miran al futuro y otras al pasado, una misma clase puede crear varios partidos. Por la misma razón un partido puede estar basado en partes de clases diferentes. En todo el curso de la historia política no se puede encontrar un solo ejemplo de un partido correspondiendo a una sola clase -desde luego, provisto que uno no tome la apariencia políciaca como si esta fuera la realidad.

Con respecto al pluripartidismo de las sociedades capitalistas, no cabe duda que ha habido un serio deterioro de la demócracia política a través del mundo, lo que se refleja en el hecho que los partidos políticos tienen menos y menos contenido substantivo y están sujetos a las exigencias de las formas más superficiales de mercadotecnia política, una tendencia que ha sido agravada por el costo extraordinario, especialmente en los Estados Unidos, del uso de los medios masivos de comunicación en las campañas políticas, a los cuales los nuevos movimientos sociales y los candidatos que se oponen al sistema no tienen acceso. Al mismo tiempo, las instituciones parlamentarias han declinado, con el poder ejecutivo asumiendo muchos de las funciones parlamentarias, utilizando la doctrina de secretos de estado para ampliar y proteger su poder. Dada esa situación, no sorprende que la apatía e ignorancia política y la abstención se han convertido en car acterísticas importantes de la democracia política capitalista. Mientras que estas son fatales para cualquier concepción de la democracia basada en la participación y control de una ciudadanía activa e informada, son definitivamente convenientes y muy funcionales para un sistema capitalista que estructuralmente privilegia al poder económico y corporativo a expensas de la regulación pública y del control democrático desde abajo.
Pero supongamos por el momento que el sistema unipartidista en Cuba acabe por abolirse. Querámoslo o no, surgirán nuevos partidos una vez que la represión y los obstáculos legales y constitucionales hayan cesado. ¿Vamos a pedir que se supriman esos nuevos partidos por la fuerza o vamos en vez de éso, entrar con la manga al codo en la lucha, propaganda y agitación política e ideológica contra la inevitable ola reaccionaria y neoliberal que generalmente ha sucedido al comunismo burocrático a través del mundo? Dadas esas circunstancias, pudiéramos luchar, por ejemplo, por una nueva Convención Constituyente para debatir públicamente la cuestion crítica de lo que deber ser la sociedad que reemplace al comunismo burócratico, debates que incluirían, por supuesto, nuestros argumentos a favor de la construcción de un socialismo basado en la democracia y la libertad. Ese debate además sería una estrategia para evitar que inmediatamente se proc eda a campañas electorales y sus mercadotecnias enfocadas no en programas políticos sino en individuos, muchos de ellos financiados, entre otros, por los cubano-americanos ricos de Miami. Dada esta posibilidad plutocrática, habría también que luchar por el financiamiento exclusivamente público de toda actividad electoral, incluyendo el libre acceso a los medios masivos de comunicación y distribución de fondos públicos de acuerdo al respaldo popular de cada grupo político.

Pero supongamos el caso óptimo -y desafortunadamente poco probable bajo las circustancias existentes- de un amplio movimiento de masas reemplazando al unipartidismo burocrático con un socialismo revolucionario y democrático basado en las mas amplias libertades y en la autogestión obrera, campesina y popular. En ese caso, que significaría la unidad por la cual Rogelio aboga? Al grado que existan intereses comunes tanto materiales como ideológicos y políticos, se debería tratar de lograr la unidad a través de actividades políticas conjuntas y negociaciones con el fin de realizar alianzas basadas en principios e intereses políticos compartidos. Pero esta no tiene por qué ser la “unidad monolítica” propagada por Raúl Castro y otros líderes revolucionarios que ha significado la censura y la supresión de puntos de vistas diferentes aún dentro de las filas del gobierno revolucionario. Como bien dijo Rosa Luxemburgo, la libertad es para aquellos que piensan diferente. Es equivocado y peligroso asumir que no habrá divisiones importantes tanto de intereses como de puntos de vista entre las clases populares bajo un socialismo revolucionario y demócratico.

No hay motivo para pensar que los conflictos de clase agotan los posibles conflictos sociales, incluyendo aquellos basados en cuestiones estrictamente materiales. Por ejemplo, una de las cuestiones fundamentales de cualquier sociedad, sea esta capitalista o socialista, es la tasa de acumulación, o en otras palabras, que parte del producto económico se consume inmediatamente y que parte se ahorra para asegurar la reproducción de la sociedad y la mejora de las condiciones de vida. En el capitalismo esto se decide a través de las decisiones de la clase gobernante dentro del marco de la economía de mercado que favorece y consolida su poder. Bajo el socialismo, esta decisión afectaría a todos los sectores y grupos sociales dado que determinaría los recursos disponibles en cada centro de trabajo y comunitario. Por lo tanto, es de esperar que surgirían diferencias entre, por ejemplo, los que están más a favor de pasarla bien hoy y los que están pre ocupados por el nivel de vida de las generaciones futuras. Podemos fácilmente imaginar que esa no sería la única fuente de divergencia y conflicto entre la gente. En ese caso, ¿cómo se organizarían esas diferencias y conflictos en alternativas coherentes y sistemáticas para que las grandes mayorías puedan decidir demócraticamente el futuro de la nación en sus lineas más generales? Esa sería la función crítica de los partidos políticos bajo el socialismo, educando y agitando a favor de visiones alternativas del rumbo que la sociedad pueda o deba tomar. Esto incluye una gran variedad de decisiones como las prioridades económicas con respecto, por ejemplo, al rol de las exportaciones de materias primas, y la política exterior del país.

Por otra parte, bien sabemos que los partidos políticos, así como muchos otros tipos de organizaciones, han mostrado pronunciadas tendencias burocráticas y oligárquicas. Pero hay medidas que se pueden adoptar para compensar y combatir dichas tendencias, como combatir la apatía y abstencionismo entre las bases a través del debate democrático y el continuo ejercicio del poder en la práctica. Una membresía activa, informada e involucrada en los asuntos tanto de la sociedad como de los partidos es la mejor garantía contra la burocratización. Pero eso no es todo. Hay también medidas organizacionales que pueden contribuir a estos fines, como lo es el control democrático local así como nacional de los funcionarios de los partidos y de los sindicatos, y la máxima transparencia con respecto a sus políticas y funcionamiento interno, aparte del derecho de las bases de remover a cualquier líder a través de referendos partidarios y sindicales. Hay gente que ha abogado por prohibir la reelección de líderes partidarios y sindicales. Aunque esta propuesta es digna de discussion, creo que sería contraproducente y posiblemente antidemocrática y en todo caso no prevendría la manipulación por parte de los lideres que hayan sido oficialmente reemplazados.

Le agradezco a los compañeros y compañeras de la Red Observatorio Crítico la oportunidad que me han brindado para presentar mis criterios sobre el tema del partido único con la esperanza que continúe esta discusión para esclarecer ideas en torno a un tópico tan importante como controvertido.

* Samuel Farber nació y se crió en Cuba y emigró a Estados Unidos antes del 1959. Ha escrito muchos libros y artículos sobre Cuba incluyendo Cuba Since the Revolution of 1959. A Critical Assesment publicado por Haymarket Books en el 2011

19 de mayo de 2015

El modelo es muy capitalista y con grandes desigualdades

Una ola de neo eslavismo baña el discurso oficialista cubano actual. Periodistas e ideólogos del club del Granma glosan al gigante euro asiático, mientras los políticos se ocupan de estrechar relaciones. No resultará ocioso recapitular sobre las consecuencias del nuevo romance del oso y la siguaraya.

 

Primero, por supuesto, las razones materiales, las marxistas. Rusia le condonó a Cuba una deuda externa que costaba un par de provincias de este país, si no más. De la negociación subyacente, trascendieron nimios detalles sobre las condiciones para tan contable concesión –facilidades de inversión, fundamentalmente. Habría que ver qué más se negoció, que sólo saben los grandes mayimbes [1]. En este camino, se profundizan convenios de negocios, créditos, posibilidades de expansiones estratégicas y muchas otras cosas.

 

Después del inicio de la normalización de relaciones entre Cuba y EEUU el pasado 17 de diciembre, el proceso no hace sino acelerarse. Los jerarcas rusos no quieren perder las ventajas alcanzadas, frente a la estampida de competidores que ya comenzó.

 

Desde un punto de vista pragmático, la coyuntura podría ser favorable a nuestro país y nuestro pueblo. Si los mercaderes del mundo compiten por nuestros favores, podemos obtener mejores réditos. Pero el matiz de los acontecimientos también sugiere una estafa y una decepción más para Liborio.

 

Hay quien sostiene que, desde un punto de vista izquierdista, se debe tomar un posicionamiento pro ruso. Los oficialistas adornan este acercamiento con las idealizaciones propias de la era soviética. Pero, por una parte, el socialismo aquel ya dejaba mucho que desear. Por otra parte, de aquello que pudo existir antes, no quedan ni rastros. En Rusia hay una izquierda, sí, y un partido comunista. Están en la oposición.

 

Ya que el compañero Fidel Castro recién mencionó el marxismo – leninismo, tratemos de interpretar la situación rusa hoy desde ese punto de vista. Hoy en día Rusia es una potencia imperialista más, realidad simple y de Pero Grullo. Los millonarios rusos campean con toda desfachatez e invierten el dinero expoliado en su tierra, en lujosas propiedades en Occidente. A cambio, millones de personas se hundieron en la depauperación cerca del Kremlin. Entre Rusia y otras potencias de Occidente se manifiestan las contradicciones inter imperialistas muy bien conocidas por Karl Marx, en forma de pugnas por mercados, recursos y esferas de influencia. En cuanto a la alineación con cualquiera de los dos bandos, el líder de la Revolución de Octubre lo tacharía de traición a la clase obrera, como deja bien claro su artículo sobre la socialdemocracia rusa y la guerra mundial.

 

Invito a observar una caracterización muy seria de las contradicciones del capitalismo en Rusia. El coeficiente Gini constituye una medida de la desigualdad en una sociedad; a más alto valor, más extremas son las diferencias socioeconómicas entre ricos y pobres. El Gini de Rusia es superior al de casi toda Europa; mayor que el de la Unión Europea, más alto que países neoliberales paradigmáticos como Gran Bretaña y España… En una tabla presente en Wikipedia, organizados desde el más igualitario hasta el más desigual, Rusia se encuentra en el lugar 103, de un total de 160 países. El de Estados Unidos es un poco peor, pero eso ya es mucho decir.

 

Resulta indignante, de paso, ver cómo se invoca la memoria de los mártires de la lucha contra el fascismo. Las decenas de millones de soviéticos, de todas las repúblicas que entonces componían la Unión, murieron defendiendo algo muy distinto a lo que existe hoy. Probablemente llamarían traidores a quienes hoy pretenden usurpar su inmortal prestigio.

 

En el hipotético escenario multipolar que tanto gusta a nuestros oficialistas, no existe diferencia de principios entre alinearse con uno u otro estado imperialista. Cualquiera alternativa en ese sentido sería reaccionaria y contrarrevolucionaria. La verdadera opción socialista consiste en unirse a las clases trabajadoras, explotadas, combativas y progresistas de todos esos estados.

 

Cuando me ensalzan mucho el estado ruso, entonces, me erizo. ¿Ese es el rumbo que va a seguir nuestro sistema? El mismo Fidel confesó, hace un tiempo, que había cometido un error al creer antes que se podía saber cómo construir el socialismo, y la dirigencia político ideológica lo ha respaldado. ¿Será que ahora creen que ya saben, y que lo que nos van a imponer es un nuevo calco de Moscú, versión McPutin?

 

[Mayimbe] Cubanismo, para referir a un jefe importante.

12 de mayo de 2015

La izquierda y el multipartidismo en Cuba. Una mirada clasista (I)

Dentro de las recetas que le recomiendan a este pueblo para progresar, las relativas a la democracia ocupan lugares privilegiados, por razones que todos conocemos. El ingrediente del multipartidismo se presenta en la mayoría de dichas recetas.
 
Como fuerza interesada en el desarrollo de nuestra nación, al Observatorio Crítico le caben muchas meditaciones sobre este tema. Me interesa hurgar desde mi perspectiva personal, situada en el espacio que considero de izquierda revolucionaria, con mis pininos de marxismo hechos por cuenta propia.
 
Cualquier opinión desde acá está fuertemente matizada por el hecho de partir de un país que, gústenos o no, mantiene un régimen unipartidista. La implantación del multipartidismo es sugerida por muchas personas como un avance imprescindible. Pero este es un paso muy serio que no se debe dar sin considerar antes todas las repercusiones.
 
Para empezar, vale la pena recordar que los partidos políticos modernos son instituciones características del desarrollo de las sociedades políticas capitalistas. Cuando se nos propone el multipartidismo, se da por sobreentendido que el concepto de partido responderá al arquetipo más extendido en el mundo, el aquellas sociedades. En las mismas, caracterizadas por la existencia y división de clases, dichos partidos canalizan las contradicciones internas de las clases burguesas. De tal modo, los grupos en pugna pueden enfrentarse por el control de espacios de poder dentro de los gobiernos. O sea, justar por secciones del pastel y sin que llegue la sangre al río.
 
Un rol no menos importante de los partidos políticos en estos casos, consiste en inhibir el avance de las fuerzas revolucionarias. Es difícil organizar una maquinaria al nivel de la que montan los grandes capitales, con semejantes capacidades de gestión, propaganda, movilización, cuando los interesados son una caterva de gente muerta de hambre. La burguesía puede desplegar capacidades abrumadoras para anular su avance, apoyada en su posesión de los grandes medios de difusión, de promoción del consumo, de creación de estados de opinión y de distracción social. En los casos extremos de algunas potencias imperialistas, situaciones políticas internas simplemente desagradables han sido olvidadas gracias al expediente de la creación artificial de algún demonio extranjero, y la invasión y destrucción del desdichado oscuro rincón del mundo en que este se refugiaba.
 
Supongamos ahora que una masa desposeída logra algún avance en este sentido, de organizar su propio Leviatán, a la par de los otros que navegan por esas aguas. La naturaleza de ese tipo de instituciones y su entorno, permiten fácilmente que el rumbo tuerza, por razones de negociaciones, por la adopción de políticas semejantes a las de los contrarios, y por pura y simple corrupción del liderazgo, cooptado por las clases dominantes que vigilan a los que consideran sus rebaños. Ha pasado innumerables veces. En los peores casos, tras una negativa a doblegarse, han sido liquidados por puros y simples golpes militares (¡no voy a enumerar otra vez la relación de Arbenz, Allende, Aristide, etc., pero ustedes saben!).
 
La evolución política de los Estados capitalistas demuestra fehacientemente que, a pesar de las aparentes divisiones, todos los partidos burgueses responden al final a los intereses de una sola clase. Y que ponen los intereses de la misma por encima de todo –como era de esperar. Por tal razón, casi nunca importan los apellidos de tales partidos, porque las medidas de gobierno se acomodan de una u otra forma a las necesidades del capital. A la larga, convergen en el perfeccionamiento de la explotación y la concentración de riquezas, con sus diferencias de matices entre los distintos países,  las alteraciones determinadas por las luchas de las masas revolucionarias y la capacidad de hacer recaer hacia terceros países las peores consecuencias de los conflictos sociales.
 
Ojo, porque esto no implica que yo rechaze de plano, en esos países, todos los mecanismos de lucha política cívica, propios de las sociedades capitalistas. La coordinación de los esfuerzos colectivos requiere de formas familiares para las personas. Estas les deben permitir también avanzar en los fines deseados, sin generar violaciones de la paz social peores que los males que se proponen remediar. Simplemente, quería ilustrar que las dificultades que debe afrontar un partido de la clase trabajadora son extraordinarias, y las tácticas empleadas no deben subordinarse nunca a la lógica de las relaciones entre los poderes burgueses. Una combinación dialéctica de luchas parlamentarias y acciones revolucionarias se ha considerado por muchos como necesaria en estos casos.
Continuará...

6 de mayo de 2015

El capitalismo viene ya hasta de Japón, y se anuncia con toda franqueza

Hay un muro a un kilómetro. Hay un muro a quinientos metros. Hay un muro a doscientos metros. Hay un muro a cien metros. No sigas corriendo, tarado, vas a chocar con el muro. Ups, chocaste.

 

¿Cuántas señales hacen falta para calibrar el rumbo que sigue el gobierno cubano, y convencernos de que es el del capitalismo? Encima, están a plena luz del día. Vean esta nota reciente de Cubacontemporánea, reproducida sin tapujos por toda la prensa principal oficialista, sobre el apoyo japonés "con el objetivo de respaldar el esfuerzo de Cuba por las reformas" (sic).

 

Otros sitios como Cubasí y Cubadebate se saltaron la parte de "reformas" y solo mencionaron el apoyo al proceso de "actualización", que se sabe que es más del gusto de los políticos acá. Pero todavía no pueden dar una explicación coherente a por qué los "buenos capitalistas" japoneses vienen para regalarle, al gobierno de acá, ni se sabe cuántos millones en asistencia financiera, no reembolsable. ¿Acaso para ayudarnos a perfeccionar el socialismo? ¿A nadie en su sano juicio le pasa por la mente otra idea ? El Estado japonés quiere que el gobierno cubano y el sector privado establezcan un "Comité mixto" para fortalecer las relaciones bilaterales, añade otra nota.

 

El canciller del país del Sol Naciente vino en persona con el disfraz de Papá Noel. Lo acompañaban una numerosa comitiva de hombres de negocios, que intercambiaron intensamente con los que cortan aquí los bacalaos de la minería, industria, energía y el puerto de El Mariel. Hay un verdadero potencial a desarrollar entre ambos estados, decía el canciller del lado de acá, como si delirara y pensara en una relación entre dos socios más o menos parecidos.

 

Esta es la más reciente de las incursiones de los capitalistas foráneos, incrementadas exponencialmente a partir del inicio de la normalización de relaciones con Estados Unidos. Vale la pena recapacitar un poco sobre cada uno de estos socios, para no creerse un "cuento chino". A ver qué intereses pueden tener estos señores burgueses.

 

Las empresas japonesas, además de plantas industriales de muchísima eficiencia y automatización en su propio país, tienen montones de maquilas regadas por todo el Asia. Sus corporaciones de automóviles, electrónica, etcétera, explotan millones de personas allente los mares. El mercado de consumo en nuestra empobrecida isla difícilmente despierte sus apetencias. Ahora, la posibilidad de explotar barato una masa proletaria altamente calificada seguro sí les llama la atención.

 

No se aprecian otros planes, por lo tanto, que el de profundizar el proceso de inversiones de capitalistas extranjeros en nuestro país, para la explotación de nuestra fuerza de trabajo. Como el Estado cubano conducirá todo el proceso por la parte cubana, seguirá ausente una contrapartida organizada de nuestra clase trabajadora, capaz de obtener garantías, salarios dignos y derechos laborales y ecológicos. Los créditos y asistencias manarán generosamente desde Tokyo, para recordar a La Habana cuáles intereses debe defender.

 

La planta productiva de nuestro país, el proceso de producción y reproducción material y económico en general, seguirá profundizando el carácter capitalista. Fíjense cuántos interesados hay ya involucrados. Y cuántas señales no nos han dado ya.