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11 de septiembre de 2011

Karl Marx tenía razón

Tags: Karl Marx, John Gray, capitalismo, revolución, clase media, lucha de clases, crisis económica
 
Por John Gray
 
Como efecto secundario de la crisis financiera, más y más gente está dándose cuenta de que Karl Marx estaba en lo cierto.
 
El gran filósofo alemán del siglo XIX, economista y revolucionario, pensaba que el capitalismo era radicalmente inestable.
 
Tenía incorporada la tendencia de producir auges y colapsos cada vez más grandes y profundos y, a largo plazo, estaba destinado a destruirse a sí mismo.
 
A Marx le complacía esa característica: estaba seguro de que habría una revolución popular, la cual engendraría un sistema comunista que sería más productivo y mucho más humano.
 
Marx erró en lo que se refiere al comunismo. Pero su percepción de la revolución del capitalismo fue proféticamente acertada.
 
No fue sólo sobre el hecho de que en ese sistema la inestabilidad era endémica, aunque en ese respecto fue más perspicaz que la mayoría de los economistas de su época y de la actualidad.
 
A un nivel más profundo, Marx entendió cómo el capitalismo destruye su propia base social: la forma de vida de la clase media.
 
La terminología marxista de burgueses y proletariado suena arcaica.
 
Pero cuando argumentó que el capitalismo hundiría a la clase media en algo parecido a la existencia precaria de los angustiados trabajadores de su época, Marx anticipó un cambio en la manera en la que vivimos que apenas ahora estamos teniendo que afrontar.
 
Destrucción creativa
 
A pesar de que se equivocó, Marx pronosticó lo que iba a suceder.
 
Para Marx, el capitalismo era la teoría económica más revolucionaria de la historia, y no hay duda que difiere radicalmente de los sistemas previos.
 
Las culturas de los cazadores-recolectores persistieron con su forma de vida por miles de años, las esclavistas por casi el mismo tiempo y las feudales por muchos siglos. En contraste, el capitalismo transforma todo lo que toca.
 
No son sólo las marcas las que cambian constantemente. Compañías e industrias se crean y se destruyen en una corriente incesante de innovación, mientras que las relaciones humanas se disuelven y reinventan en formas novedosas.
 
El capitalismo ha sido descrito como un proceso de destrucción creativa, y nadie puede negar que ha sido prodigiosamente productivo.
 
Prácticamente todos los que viven en países como el Reino Unido hoy en día reciben ingresos reales más altos de los que habrían recibido si el capitalismo no hubiera existido nunca.
 
El problema es que entre las cosas que se han destruido en el proceso está la forma de vida de la que, en el pasado, había dependido el capitalismo.
 
La promesa...
 
Los defensores del capitalismo argumentan que le ofrece a todos los beneficios que en la época de Marx sólo tenían los burgueses, la clase media asentada que poseía capital y tenía un nivel razonable de seguridad y libertad durante su vida.
 
El negocio de los mercados es volátil, y ahora estamos sintiendo las consecuencias.
 
En el capitalismo del siglo XIX, la mayoría de la gente no tenía nada. Vivían de vender su labor y cuando los mercados se debilitaban, enfrentaban dificultades.
 
Pero a medida que el capitalismo evolucionó -dicen sus defensores-, un número mayor de personas se beneficiaron.
 
Carreras satisfactorias dejaron de ser la prerrogativa de unos pocos. La gente dejó de tener dificultades todos los meses por vivir de un salario inseguro. Las personas estaban protegidas por sus ahorros, la casa que poseían y una pensión decente, así que podían planear sus vidas sin temor.
 
Con la expansión de la democracia y la riqueza, nadie se iba a quedar sin una vida burguesa. Todos podían ser clase media.
 
La realidad
 
De hecho, en el Reino Unido, Estados Unidos y muchos otros países desarrollados, durante los últimos 20 a 30 años ha ocurrido lo opuesto.
 
No existe la seguridad laboral, muchas de las profesiones y oficios del pasado desaparecieron y carreras que duran toda la vida no son mucho más que un recuerdo.
 
Si la gente posee alguna riqueza, está en sus casas, pero los precios de la propiedad raíz no siempre aumentan. Cuando el crédito es restringido, como ahora, pueden quedarse estancados por años. Una menguante minoría puede seguir contando con una pensión con la cual vivir cómodamente y pocos cuentan con ahorros significativos.
 
Más y más gente vive al día, con muy poca idea sobre qué traerá el futuro.
 
La clase media solía pensar que sus vidas se desenvolverían en una progresión ordenada, pero ya no es posible considerar a la vida como una sucesión de niveles en los que cada escalón está más arriba que el anterior.
 
En el proceso de creación destructiva, la escalera desapareció y para cada vez más personas, ser de clase media ya no es siquiera una aspiración.
 
Ganancia negativa
 
A medida que el capitalismo ha ido avanzado, ha llevado a la mayoría de la gente a una nueva versión de la precaria existencia del proletariado del que hablaba Marx.
 
Los salarios son más altos y, en algunos lugares, en cierto grado hay un colchón contra los sacudones gracias a lo que queda del Estado de bienestar.
 
Pero tenemos poco control efectivo sobre el curso de nuestras vidas y las medidas tomadas para lidiar con la crisis financiera han profundizado la incertidumbre en la que tenemos que vivir.
 
Tasas de interés del 0% conjugadas con el alza de precios implica que uno recibe beneficios negativos por su dinero y produce la erosión del capital.
 
La situación para muchos jóvenes es aún peor. Para poder adquirir las habilidades indispensables para conseguir empleo, hay que endeudarse. Y como en cierto momento hay que volverse a entrenar, hay que ahorrar, pero si uno empieza endeudado, eso es lo último que podrá hacer.
 
Cualquiera que sea la edad, la perspectiva de la mayoría de la gente hoy en día es una vida entera de inseguridad.
 
Quienes se arriesgan
 
Al mismo tiempo que ha despojado a la gente de la seguridad de la vida burguesa, el capitalismo volvió obsoleto al tipo de persona que disfrutaba de la vida burguesa.
 
En los '80s se habló mucho de los valores victorianos, y los promotores del mercado libre solían asegurar que éste reviviría las virtudes del pasado.
 
Pero el hecho es que el mercado libre socava las virtudes que mantienen el estilo de vida burgués.
 
Cuando los ahorros se están desvaneciendo, ser cauteloso puede llevar a la ruina. Es la persona que pide grandes prestamos y que no le tiene miedo a declararse en bancarrota la que sobrevive y prospera.
 
Cuando el mercado laboral es volátil, no son aquellos que cumplen cabalmente con las obligaciones de su trabajo quienes tienen éxito, sino los que siempre están listos a intentar algo nuevo que aparenta ser más prometedor.
 
En una sociedad que está siendo transformada continuamente por las fuerzas del mercado, los valores tradicionales son disfuncionales y quien quiera vivir de acuerdo a ellos está en riesgo de terminar en la caneca de la basura.
 
Se desvaneció en el aire
 
Examinando un futuro en el que el mercado permea todas las esquinas de la vida, Marx escribió en el Manifiesto Comunista: "todo lo que es sólido se desvanece en el aire". Para alguien que vivió en la Inglaterra victoriana temprana -el Manifiesto fue publicado en 1848- era una observación asombrosamente visionaria.
 
En esa época, nada parecía más sólido que la sociedad en cuyos márgenes vivía Marx.
 
Un siglo y medio más tarde, vivimos en el mundo que él anticipó, en el cual la vida de todos es experimental y provisional, y la ruina súbita puede llegar en cualquier momento.
 
Unos pequeño puñado de gente ha acumulado vastas riquezas pero incluso eso tiene una cualidad de evanescente, casi fantasmal.
 
En los tiempos victorianos, los verdaderamente ricos podían darse el lujo de relajarse, si eran conservadores a la hora de invertir su dinero. Cuando los héroes de las novelas de Dickens finalmente reciben su herencia, no vuelven a hacer nada jamás.
 
Hoy en día, no existe un remanso de seguridad. Los giros del mercado son tales que nadie puede saber qué mantendrá su valor, ni siquiera dentro de unos pocos años.
 
No fue el mayordomo
 
Este estado de alteración perpetua es la revolución permanente del capitalismo y yo pienso que nos acompañará en cualquier futuro imaginable realísticamente.
 
Estamos apenas a mitad de camino de una crisis financiera que pondrá muchas cosas de cabeza.
 
Monedas y gobiernos probablemente caerán, junto con partes del sistema financiero que creíamos seguro.
 
No se ha lidiado con los riesgos que amenazaban con congelar a la economía mundial hace apenas tres años. Lo único que se ha hecho es obligar a los Estados a asumirlos.
 
No importa qué digan los políticos sobre la necesidad de frenar el déficit, deudas de la magnitud de las que se han incurrido no pueden ser pagadas. Es casi seguro que lo que harán es manejarlas recurriendo a la inflación, un proceso que está abocado a ser muy doloroso y empobrecedor para muchos.
 
El resultado sólo puede ser más agitación política, a una escala aún mayor.
 
Pero no será el final del mundo, ni siquiera del capitalismo. Pase lo que pase, vamos a seguir teniendo que aprender a vivir con la energía errática que el mercado emanó.
 
El capitalismo llevó a una revolución pero no la que Marx esperaba. El exaltado pensador alemán odiaba la vida burguesa y pensó en el comunismo para destruirla.
 
Tal como predijo, el mundo burgués ha sido destruido.
 
Pero no fue el comunismo el que cometió el acto.
 
Fue el capitalismo el que mató a la burguesía.
 

29 de agosto de 2011

Más todavía sobre una polémica y unos anarquistas de los que se habla mal o dónde está el verdadero enemigo

[tags debate social, Cuba, Raúl Castro, Enrique Ubieta, Rogelio M. Díaz Moreno, burocracia, democracia, anticapitalismo, diálogo, izquierda, lineamientos, socialismo, sociedad civil]
 
Resulta más que triste, patético, contemplar cómo las personas que durante muchos años conforman su razón de ser en un estado de enfrentamiento, se petrifican en torno a este conflicto hasta perder toda capacidad de recapacitar respecto a los motivos iniciales y los fines últimos del movimiento que, por desdichadas circunstancias, se vio envuelto en tal enfrentamiento. En este sentido, los cambios de realidades objetivas no significan nada para estos seres obnubilados, ya sea en la variante de la sinceridad ciega o en la del fundamentalismo oportunista.
 
Mi intervención en esta polémica se debe al peligro que respiro en los cartuchazos de Enrique Ubieta contra personas y procesos que aprecio. El dice que no es nadie y solo expone opiniones personales, pero detrás de declaraciones como las de él, se han desatado cruzadas "moralizantes" de la policía y otros agentes del Estado cubano contra intelectuales, artistas, promotores y simples personas un poco fuera del tiesto de lo políticamente ortodoxo y lo socialmente normativo.
 
A lo peligroso se une, pues, lo lamentable de una actitud incapaz de reconocer los cambios de la sociedad que lo rodea. Las evidencias indican que Ubieta aborrece especialmente aquel cambio que significa la aparición de una voluntad ciudadana incipiente, pero ya indetenible, de no aceptar más posposiciones o retrasos en las cuestiones del diseño ciudadano y democrático del modelo de sociedad soñado; ignora que estos anhelos son parte del proyecto revolucionario y por lo que los revolucionarios dieron sus vidas, tumbando dictaduras y repeliendo agresiones imperiales. Por ignorar más, ignora también que el Presidente de la Revolución cubana, el general en jefe Raúl Castro, ya destacó que el principal enemigo que tiene el proceso no es, repetimos (con Raúl), NO ES el imperialismo yanqui, y menos sus asalariados vinculados con la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana. El principal enemigo del proceso que puede sacar adelante a Cuba son los propios errores de los funcionarios con poder para cometer esos errores en la dirección y administración del sistema, las barreras de la inercia y el inmovilismo, la simulación y la doble moral. Por poca memoria que tenga el periodista, recordará que estas fueron las palabras del Primer Secretario del Partido en las recientes sesiones del Parlamento cubano el pasado mes de julio. Pero parece que estas ideas no logran hacer mella en quien además ignora el llamado del Presidente cubano a que todos los criterios sean escuchados con respeto, de manera que se promueva el debate de todas las discrepancias, sin limitaciones o cortapisas por parte de los administradores de la palabra en público.
 
Ubieta define un estrechísimo carrilito ("el imperialismo es tan malo, que tenemos que apoyar a nuestro gobierno incondicionalmente porque nos defenderá de sus malvados tentáculos") que está muy lejos de cualquier proyecto emancipador que hayan querido desarrollar para Cuba sus hijos más ilustres, desde Martí hasta nuestros días, pasando por Juan Gualberto Gómez, Carlos Baliño, Alfredo López, Abel Santamaría, Frank País y muchos otros menos conocidos. Tan importante es esa defensa, que parece que hay que defender también los errores y calamidades en que se mete, con tal de no comprometerlo. Pretende ampliar su campo posible con menciones al internacionalismo cubano, pero para ser consecuentes tendría que reconocer de vuelta el florecimiento y aporte de pueblos, movimientos y naciones de diferentes sistemas sociales, a la solidaridad con nuestro país y a las luchas antimperialistas – cosa que Ubieta no hace. De esta manera, no logra separarse apenas de la posición simétrica que sostenían en la era republicana anterior a esta, los que arengaban que "el comunismo es tan malo, que tenemos que agradecer al gobierno (del que fuera, Prío, Machado, Mendieta, Batista), que nos proteja de los demonios rojos".
 
Las inconsecuencias en el discurso de Ubieta son patentes hasta para alguien como yo, que no estoy del todo versado en la terminología filosófica que se cruza en esta arena; si bien me resultan obscuros los matices entre derecha o centro derecha; si no puedo disertar con soltura entre doctrinas neohegelianas o pos-anarquistas, lo que sí puedo es comentar a quien pueda interesar que los cambios en Cuba no se van a limitar a  la entrega de tierras a los campesinos en usufructo, de la ampliación del trabajo por cuenta propia y de la compra y venta de viviendas y autos, como parece desprenderse de los últimos argumentos de Ubieta. Llendo más allá, mencionaré que no son Havana Times y sus amiguitos, ni los otros antagonistas de la polémica, los que promueven con mayores energías varias de las transformaciones más preocupantes y problemáticas. De los programáticos Lineamientos aprobados en el último Congreso del Partido, podemos prever que se liquidarán o pasarán a formas no estatales las empresas que no se puedan hacer rentables bajo el esquema actual de funcionamiento (lineamiento 17, que no se digna mencionar si se prefiere la forma cooperativa o su privatización con nacionales o extranjeros); que se van a seguir eliminando de manera expedita lo que se denominan "gratuidades y subsidios indebidos" (lineamientos 69 y 173) sin más que promesas vagas respecto a que el trabajador podrá ganarse la vida dignamente con su salario; que se va a continuar propiciando la inversión de capital extranjero (lineamiento 96), sin mucho espacio para consultar al pueblo sobre la conveniencia de venderle tierras, puertos, marinas, campos para golf, etc., a los subimperialismos brasileño o español o de otras partes, porque evidentemente, estos últimos no son tan malos como el yanqui; incluyendo zonas francas para que éstos vengan a poner sus maquilas (lineamiento 103) sin pronunciarse, por cierto, sobre la política laboral de estos enclaves, cuya producción podrá ser exportada libremente por sus propias instalaciones portuarias (con el puerto del Mariel, indirectamente relacionado en el lineamiento 277); disminuir la participación del Presupuesto Estatal en el financiamiento de la Seguridad Social y recortar prestaciones en este sentido (lineamientos 165 y 166); despedir a los trabajadores sobrantes (lineamiento 169) con muy escasas garantías para las personas que se consideren prescindibles. Estos cambios, a despecho de Ubieta, van mucho más allá de los que él se da por enterado y despiertan la preocupación de muchas personas (entre ellas, los anarquistas de sus pesadillas), pero no tienen apariencias de ser impulsados por un malvado enemigo externo.
 
Si hay que decirlo, yo también diré que repudio la actitud ingerencista del imperialismo yanqui y el lacayismo de sus mercenarios pero reitero, como Rosa Luxemburgo, como lo repite Raúl, como se desprende de la filosofía polemista de los análisis socio-económicos del Che Guevara, que no hay libertad sin el respeto a los que piensan (de manera sincera) de forma diferente y que reclaman el espacio que les corresponde como ciudadanos en la arena pública del país. Con ganas de ir concluyendo, que ya he aburrido bastante a quien haya leido todo esto, me vuelvo a preguntar por qué Ubieta se empecina en ignorar todos estos cambios que están ocurriendo a su alrededor; el por qué de su aferramiento a la idea de que el imperialismo es el principal enemigo, y la negativa a otorgar, por lo menos, el beneficio de la duda respecto a la sinceridad u honestidad de otras personas que no piensan como él. Por otra parte, no me acabo de tragar su pose de revolucionario sencillo y puritano del pueblo, cuando nada más hay que consultar su ficha en la enciclopedia digital cubana Ecured para comprobar cómo su actitud le ha permitido recorrer el mundo a lo largo y ancho (incluyendo una beca de investigación en la Biblioteca del Congreso de los malos malísimos); codearse ampliamente con extranjeros sin que se le considere jinetero o luchador de dineros apátridas (por supuesto, estos extranjeros han sido previamente aprobados como "políticamente correctos") y más bien sospecho que estos privilegios tienen que ver con la fiereza de la defensa que él hace de la sagrada autoridad y el sacrosanto sistema que estamos llamados, pese a todo, a transformar.
 
Está claro que culpar al imperialismo por todos nuestros males permite desviar la atención y no combatir la presencia interna de los flagelos de la corrupción, el autoritarismo, y otros tan criticables como letales para cualquier proyecto socialista. Así que si Ubieta cree que Raúl Castro está equivocado respecto a lo de dejar de considerar al imperialismo como el principal enemigo, que lo diga explícitamente y exponga con valor sus argumentos; pero si sabe que el presidente está en lo cierto, y sigue defendiendo otra opinión, entonces habrá que preguntarse qué torvos intereses lo mueven.

25 de agosto de 2011

FEDERICO: CONTRALUCES PARA UN CABALLO AZUL

tags: Federico García Lorca, Ian Gibson, homosexualidad, homofobia, asesinato fascista, teatro lorquiano, literatura homoerótica, teatro cubano
 
Por Norge Espinosa Mendoza
 
A 75 años de su asesinato, permanece viva la pasión que sus obras aún despiertan. Ha transcurrido el silencio vil que cubrió o quiso borrar su nombres tras el acto infame que le arrebató la vida, y también han ido sucediéndose, por oleadas, las relecturas que sus escritos merecen. Del Lorca habitual en las academias y escuelas (el del Romancero Gitano, despreciado por Lorca y Dalí; y el de La casa de Bernarda Alba, La zapatera prodigiosa y Bodas de sangre), hemos ido llegando al retrato más profundo que él imaginó para su nombre, en escritos como Poeta en Nueva York y piezas como El público, Comedia sin título, o Así que pasen cinco años, frente a las cuales titubean no pocos directores, dada la temperatura experimental de sus concepciones, y los retos que, como reflejo de su conflicto interior, asatean a esos personajes. Hombres, Caballos, Figuras de Pámpano y Cascabel, Trajes de Novias, Fantasmas. Atravesar el biombo puede revelar lo que hemos cuidadosamente ocultado tras muy sofisticadas máscaras. Los asesinos no habían leído esas piezas de Federico García Lorca. Se hubieran espantado aún más ante lo que él proponía en tales proyectos. Tal vez le habrían disparado con más saña de la que le infligieron de haberle oído leer algunos parlamentos y estrofas de esas últimas entregas.
 
Ian Gibson, a quien los devotos de Lorca debemos tanto, ha regresado a su rostro y a su biografía para emplazarlo ya de modo definitivo en su carácter de mártir. Al firmar Caballo azul de mi locura, Lorca y el mundo gay, publicado en el 2009, subraya lo que su ampliación de las indagaciones a las que ha dedicado gran parte de su vida ya manifestaban. En Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca, editado en el marco del centenario del poeta, daba más detalles sobre la homosexualidad del granadino, y la lucha que sostuvo consigo mismo hasta esbozar un camino de expresión liberada en sus textos finales y menos conocidos. Agradeciendo la salida a la luz que en 1994 propició la Editorial Cátedra al dejar llegar a los lectores mucha de la juvenilia inédita de Lorca (los poemas, prosas, esbozos teatrales de su adolescencia que permanecían en los archivos familiares), encuentra ahí datos que explican las dudas, traumas y seguridades del gran autor futuro. Una novia imposible en la infancia, una relación no menos imposible con Eduardo Rodríguez Valdivieso, un joven de su Granada, y anécdotas de sus conquistas rápidas con muchachos de origen humilde en la misma localidad, Madrid, Buenos Aires o La Habana, son reveladas en este volumen, que también dilata lo que en Lorca-Dalí: el amor que no pudo ser, dejó que supiéramos. El tomo, impreso por Planeta, a pesar de sus más de 400 páginas, no deja de señalar que muchos datos permanecen silenciados por confidentes y amigos de Lorca, o sus parientes. Ya fallecidos la mayoría de ellos, parece que algunos secretos no se revelarán nunca, o siguen al cuidado de quienes, en algunos casos, han anunciado la destrucción de cartas y documentos que resultarían esenciales. A su manera, Federico se mantiene a contraluz, dejándonos entrever solo una parte de su biografía, escapándose un poco incluso de la mano veraz y comprometida de un investigador tan acucioso como Gibson.
 
En Cuba, donde Lorca es aún parte de una pasión inacallable, esos tomos no se han publicado y es una lástima. En 1998 se editó finalmente, entre nosotros, El público, la obra de ruptura que el autor de Poema del cante jondo comenzó a escribir en el Hotel La Unión de nuestra capital. A pesar de lo sabido, pruebas hay de que algunos preferirían que Lorca no fuese analizado mediante los textos en los que dejó clara su voluntad sexual, como una metáfora de libertad que llegó a costarle la vida. Hoy, es el autor de Yerma y Doña Rosita la soltera (esa pieza tan chejoviana, andaluza y sutil como pocas). Pero sería ingrato y torpe no entenderlo como el rostro de los Sonetos del amor oscuro, o el atormentado espíritu de la "Oda a Walt Whitman", y esos fragmentos de cartas y memorias que sobreviven, y que pueden incluso salir a la luz en el momento menos esperado, para revelarnos nuevos detalles de su relación con Rafael Rodríguez Rapún, Cernuda y otros que de maneras diversas pero unidas por el mismo halo de encanto, supieron amarle. Si reducir a Lorca a mártir de los homosexuales sería constreñir su talento y grandeza a una sola esquina del asunto, honrarle como alguien que no dejase ver en ese conflicto parte de su espiritualidad sería, a estas alturas, pecar de ignorantes. Borges, que no simpatizó con él, dejaba creer que su asesinato era la base de su fama post morten. La pervivencia de sus mejores textos teatrales, la polémica que desatan las representaciones de sus obras más complejas (recuérdense las versiones de El público, que alzó aquí Carlos Díaz), desmienten esa afirmación del gran narrador argentino. Su talento, sin embargo, no ha podido librarlo de homenajes fútiles, de reapropiaciones de su legado que se regodean en su lado más externo, y cuántos espectáculos de recortería no hemos visto, que toman fragmentos de aquí y de allá para rendir un tributo servil a lo que debiera ser palabra viva. Eso, cuando no se limita su recuerdo a ocasión formal, con lecturas sordas y simplemente descriptivas, en tono hagiográfico, de lo que fue su existencia; o se persiste en ese Lorca escolar, imagen ya tardía, poco cercana a la que han ido sumando las investigaciones y datos más recientes. Lorca es uno de los pocos autores de la lengua que exige una revisión constante más allá de sus poses y sus lugares comunes. En eso, también, ha de haber parte de su mejor herencia. A ese Lorca quise evocar con Teatro de las Estaciones en un espectáculo como Federico de noche, en el cual un poeta niño se mira en el futuro de sus propias páginas, prefiriendo el reto a invocarlo mediante esas estrategias de pura forma o sastrería teatral tan redundante que casi siempre nos acosa.
 
Cuando, hace poco, se procedió a la apertura de las fosas comunes en las afueras de Granada para intentar localizar los restos del poeta, hubo también polémica. Sacar al aire ciertos fantasmas y cadáveres hace que las culpas más o menos calladas se remuevan, y pueda tornarse grito lo que para muchos quiso ser ya lápida de silencio. Lo más sorprendente es que, a pesar de lo tenido por cierto durante años, los restos de Lorca no aparecieron donde se esperaba. No se dejó ver, reducido a polvo, huesos o cenizas, lo que quedaría a la luz del poeta que supo sonreír y hacer feliz a tantos en lugares tan diversos. Desde ese contraluz, Lorca pervive. Y sobrepasando la avalancha de gitanos, caballos, lunas, cuchillos y tantos símbolos que algunos solo repiten mecánicamente, guarda un poco de su verdad, y un poco de su enigma, para que volvamos a él no solo en las fechas que recuerdan su nacimiento o su asesinato, sino en cada uno de esos momentos en los cuales vivir se nos descubra como una mezcla persistente de sacrificio y belleza.

20 de agosto de 2011

Para no cerrarle la puerta al Hombre Nuevo

Tags: Cuba, perestroika, juventud, autogestión, Hombre Nuevo, sociedad, debate social, 15-M, movimiento indignadxs,
 
La iglesia católica ofrece en La Habana cursos para empresarios. Las federaciones de estudiantes acatan disciplinadas la orientación de cancelar las movilizaciones de jóvenes para labores productivas.  El cambio –obligado, impuesto por las circunstancias–  hacia las formas de estímulo material ha borrado de la memoria de las voces oficiales la época en que se pensaba con términos más "ideológicos". Todos vamos encarriladitos por el camino racional, pragmático, económico, para actualizar el modelo de sociedad cubana. Tal vez en estos momentos, los chicos del movimiento 15-M en España estén haciendo más por construir al hombre y la mujer nuevos.
 
El romance del Estado cubano con la Iglesia florece nuevamente. Altos funcionarios asisten a misas en celebración de determinadas ocasiones memorables, como el reciente aniversario de la fundación de la villa de Baracoa. Prelados y estadistas discuten temas políticos que nunca se pondrían al alcance del resto de la sociedad civil. Educativamente, la iglesia se acerca a su viejo sueño de poner escuelas. Ya tienen centros de enseñanza de idiomas, tan buenos que yo mismo iría con entusiasmo si tuviera más tiempo. Pero esto de abrir una maestría en gerencia, debería levantar más de una suspicacia: ¿no estamos hablando por casualidad de una escuela de capitalistas en medio del país que declaró al sistema socialista "irrevocable"? En realidad, con las corrientes de "actualización del modelo económico cubano", "reestructuración" (en el diccionario español-ruso: reestructuración se dice perestroika), conversión de entidades estatales en empresas autofinanciadas bajo la dirección de gerentes todopoderosos, esto de crear pichones de CEO para las nuevas corporaciones cubanas tiene mucho sentido, y el beneplácito de todos los interesados en la transición.
 
Las asociaciones de estudiantes profundizan su obediencia y su incapacidad para liderar empeños juveniles. Acatar disciplinadamente la orden de olvidar las brigadas de trabajo veraniegas, qué característico. No tenía sentido machacar sobre la misma forma de actividad contraproducente en términos económicos, ¿por qué no suspenderlas? Claro, que la iniciativa no podía partir de las estructuras estudiantiles, tenía que bajar de arriba. Y abajo, nadie tendría el menor interés en probar otras variantes que demostrasen la menor capacidad de la juventud para asumir independientemente empeños que evidencien compromisos políticos con la sociedad; nadie creería que la muchachada loca puede irse por su cuenta al Malecón habanero a recoger basura, creando belleza y conciencia ambiental a cero costo; sembrar unas posturas de árboles por amor a la ecología; ayudar a unos vecinos a pintar una escuela, a un amigo a realizar una mudanza. Capaz de que las personas se den cuenta de que se pueden transformar a sí mismas sin que el Estado o el Mercado las dirijan, trabajar y ayudar al prójimo por el gusto de hacer algo bueno y de acercarse de modo autodidacta al ideal del Hombre Nuevo.
 
Con el mismo entusiasmo con el que antes se decantaban por la centralización y un imposible control total, las voces oficiales entonan hoy las nuevas notas del estímulo por resultados, del interés por cuenta propia y de la empresa basada en la ganancia – siempre saludablemente distanciadas del carácter obrero y campesino que debería tener la administración de una sociedad de trabajadores. A veces la transición ocurre en espacios mínimos, como dentro de un solo libro de no muchas páginas: Orlando Borrego habla horrores de la autogestión obrera, escudándose en el concepto de control estatal del Plan que defendía el Che en los años 60, pero unas decenas de páginas más tarde, la autonomía de empresas dirigidas por empoderados gerentes, aprendices de brujo de técnicas capitalistas, le merece los mayores elogios. Si la economía "grande" sigue ese camino, obviamente las actividades "ideológicas" como brigadas estudiantiles, trabajos voluntarios, planes en educación, cultura, salud, etc., concebidos teóricamente para elevar el bienestar del pueblo de manera principalmente espiritual, todo esto le toca irse abajo. Si por esta renuncia nos llega mañana la abundancia material –a todos, o al menos a la gran mayoría–, tal vez tendremos la oportunidad de recuperar lo espiritual... a menos que hayamos aprendido a despreciarlo, y hayamos olvidado de que para transformar la sociedad hay que transformar también al hombre y a la mujer que la integran, a crear(nos) nuevas personas. ¿De nuevo estamos presos de la lógica bipolar, donde la única alternativa al Estado paternalista resulta el sálvese quien pueda neoliberal? Hay muchas personas que se resisten a aceptar esto, e insisten en acercarnos a la sociedad comunitaria, democrática, participativa, de los trabajadores auto-organizados, una variante donde el bienestar se construye por consenso, sin aislar el interés individual del colectivo, sin enajenar lo material de lo espiritual, y donde el crecimiento económico irá de la mano con el humano, pero los caminos resultan extremadamente complejos.
 
Paradójicamente, del mundo capitalista nos llegan luces. La juventud indignada lleva a cabo una gesta maravillosa en España y otros países. Un sujeto político nuevo, limpio, hermoso, se gesta ante los ojos atónitos de los políticos, medios de comunicación, finanzas opresoras, que ni les comprenden ni logran asimilarlos. Se ven en la necesidad de generar un lenguaje nuevo, pues entreven un mundo nuevo.
 
Una de sus exponentes nos contó sus experiencias. Para respetar su voluntad de no tornarse representante, guardamos su nombre. Pero no puedo evitar contar que es maestra de escuela, y que pasamos horas maravillosas escuchándole sus vivencias, las emociones vividas en la Plaza del Sol. Nos atestiguó en primera persona la calidez de un proceso fortalecido en la interacción cara a cara, desmitificando el influjo de las TICs que no cumplen otro rol que el de acelerar las convocatorias y la divulgación de lo que los corazones de las personas construyen o sueñan. Le jugaremos, eso sí, una broma, al manifestar que debe haber sido muy difícil para sus compañeros integrarla al movimiento de Indignados. Nos explicamos: en nuestra imaginación, llegamos a la Plaza del Sol. Vamos cargados de nuestra ira contra el capitalismo, los políticos corruptos, las finanzas esclavizadoras, los medios de información convertidos en manipuladores, las corporaciones contaminadoras... Empezamos a descargar nuestra molestia en ardientes discursos, en enérgicas proclamas en defensa del medio ambiente, en llamados a no apoyar más el sistema. Súbitamente nos percatamos de la presencia de esta muchacha. La tenemos ahí, al alcance de la mano. La hemos escuchado y la hemos visto sonreír. Nos ha ofrecido su abrazo o un simple apretón de manos. Nuestro día ha cambiado. Está más luminoso. De esta manera, ¿quién puede permanecer indignado? Entonces comprendemos la solución: las revoluciones también son obra de infinito amor.